Daniel Ortiz, un hombre de treinta y dos años de provincias, ha construido una vida de conformismo absoluto. Desde que fue segundo portero en la infancia, pasando por un aprendizaje de inglés sin vocación y una carrera de Derecho por…
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Daniel Ortiz, un hombre de treinta y dos años de provincias, ha construido una vida de conformismo absoluto. Desde que fue segundo portero en la infancia, pasando por un aprendizaje de inglés sin vocación y una carrera de Derecho por inercia, Daniel ha elegido siempre el camino más cómodo. Ahora trabaja como comercial de máquinas de coser para un jefe excéntrico que lo envía a Madrid a vender tricotosas. En su primer día en la capital, mientras se pierde por la M-30, Daniel vive un absurdo encuentro que amenaza con sacarlo de su rutina.
Daniel Ortiz regresa a casa cada noche sin poder quitarse una pregunta: ¿cómo ha llegado aquí? A los treinta y dos años, vive en Santander con una esposa a la que quiere «lo normal», conduce un coche gris que no eligió, y usa la misma ropa que cuando dejó el instituto. Su vida es una acumulación de decisiones tomadas por pasividad, cada una un pequeño fracaso sellado con sonrisa.
Desde la infancia, Daniel fue segundo portero. No por ser mal guardameta, sino porque algo en él lo condenaba a esperar en el banquillo, a mirar, a aplaudir desde lejos. En la adolescencia descubrió que mirar era menos peligroso que hacer: fumaba porque los demás fumaban, bebía porque los demás bebían, pero bailar y enrollarse con chicas eran actos demasiado osados. Incluso en el amor fracasó con elegancia, pasando dos años enamorado de Loli sin atreverse a declararle nada. La inacción fue su lealtad, el conformismo su virtud.
Ahora trabaja como comercial de máquinas de coser para Juan, un hombre que ha ascendido en la jerarquía social mediante un sistema infalible: parecer lo que no es. Juan convirtió el arte de la apariencia en ciencia empresarial, creó una teoría sobre cómo el dinero se comporta como las mujeres y necesita sentirse seguro en manos de gente similar. Lo que comenzó como venta de mercería se convirtió en importación de maquinaria, donaciones al Opus, membresía en clubes exclusivos. Ahora Juan es rico y exigente.
Esta mañana, Juan lo citó en su despacho. Madrid necesita tricotosas. Las modernas de Madrid han descubierto que tejer está de moda, pero en seis meses lo olvidarán y pasarán a otras distracciones. Hay que vender deprisa, vender mucho. Daniel empacó su vida en una maleta y se fue a la capital por un mes.
En su primer día en Madrid, mientras circula perdido por la M-30 con los nervios de un conductor de provincias, dos hombres calvos lo golpean levemente. Daniel levanta la mano, pero diez minutos después vuelven a chocarlo. Luego comprende que ambos golpes son deliberados, que algo está sucediendo, algo que quizá lo sacará de su rutina de treinta y dos años o que simplemente añadirá un nuevo fracaso a su lista.
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