En una despensa sin ventanas, una mujer guarda una caracola que la transporta a playas lejanas. En Singapur, en el complejo Greenpalms, Jules y David avanzan por tratamientos de fertilidad mientras asisten a fiestas en casas de cristal y…
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En una despensa sin ventanas, una mujer guarda una caracola que la transporta a playas lejanas. En Singapur, en el complejo Greenpalms, Jules y David avanzan por tratamientos de fertilidad mientras asisten a fiestas en casas de cristal y mármol. Dolly, criada con cara de muñeca porcelana, sirve en esas mismas casas. En ocho semanas tendrá revisión médica. Está embarazada. Si la descubren, la deportarán. Busca pastillas ilegales en un centro comercial, tocando dinero que otro hombre le dio en secreto. Dos mundos coexisten en las torres de vidrio ahumado: el de quienes buscan un hijo desesperadamente y el de quienes deben ocultarlo.
En un cubículo sin ventanas, ella contempla una caracola beis que le devuelve a playas lejanas: dedos infantiles asidos a su mano, agua fría en los pies. Luego un grito la arranca de esa fuga. Ese espacio sofocante, donde la secadora levanta nubes de polvo y el olor a verdura hervida provoca náuseas, es donde duerme. En el complejo Greenpalms de Singapur, Jules y su marido David habitan otro universo. Torres de cristal ahumado se alzan alrededor de piscinas de teselas azules, palmeras de tronco rojizo, estatuas de ranas que escupen agua. Jules se masajea el vientre donde las inyecciones han dejado sus marcas. Las bandejas amarillas de residuos acumulan jeringas vacías. Esta vez quizá funcione, dice a David mientras se apresura hacia una fiesta, pero sus ojos evaden el contacto visual. La fiesta en casa de Amber brilla de minimalismo: paredes blancas inmaculadas, lámparas esféricas, champán burbujeante, invitados que danzan sin levantar los pies del suelo. Jules no encaja. Las otras mujeres tienen tres hijos de media, lucen un pelo brillante y sedoso, están pulcras y aseadas. Ella observa desde las sombras, recuerda el hospital de Londres donde trabajaba, donde veía madres primerizas con los ojos brillantes de felicidad. Dolly aparece con una bandeja. Orejas adornadas con aros dorados, cara de porcelana, falda negra con manchas secas. Nadie la ve realmente. Los hombres la recorren con la vista como si fuera decoración. Un australiano toca con la mirada a la criada mientras ella guarda en el bolsillo un billete de cien dólares que Gavin le entregó: «Mi mujer no tiene que enterarse de nada». En ocho semanas hay una revisión médica. Amber trazó un círculo rojo en el calendario con un signo de exclamación. Dolly está embarazada. Cuando descubran la verdad, la deportarán, como a las otras. Se dirige al centro comercial, pasa entre tiendas de recuerdos, neón chino, canción de Katy Perry flotando en los altavoces. En la trastienda de una farmacia de medicinas chinas, una mano temblorosa toca un frasquito. Tiene que pasar ese mal trago cuanto antes. Dos vidas avanzan en direcciones opuestas dentro del mismo espacio reluciente. Jules busca un hijo que no llega mientras Dolly oculta el suyo bajo pena de destierro. Los mundos de cristal que separan sus vidas son tan delgados como las paredes de esa despensa donde todo comienza.
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