Un joven marchante de arte londinense viaja al Yorkshire en pleno invierno para tasar la colección de un cliente excéntrico, y regresa a Londres habiendo perdido el rastro de la muchacha de la que se enamoró allí.
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Un joven marchante de arte londinense viaja al Yorkshire en pleno invierno para tasar la colección de un cliente excéntrico, y regresa a Londres habiendo perdido el rastro de la muchacha de la que se enamoró allí. Elizabeth Cadell teje, con humor sereno y mirada afectuosa, una comedia de familia, negocios y afectos donde lo verdaderamente valioso no siempre es lo que figura en el inventario.
La firma Hurst e Hijo, abogados de Londres, ha cambiado de piel: las cinco habitaciones destartaladas de Chancery Lane, con sus cajas negras y sus luces de gas, han dado paso a un despacho amplio, luminoso e impersonal donde el viejo míster Edwin Hurst se siente tan fuera de lugar que decide retirarse dos veces al día y no llega a decirlo nunca. Su hijo mayor, Oliver, eficiente y de pocas palabras, dirige el negocio con la lógica del hombre moderno. El menor, Julián, pintor de talento que descubrió pronto que vendía mejor los cuadros ajenos que los propios, regenta con su tía Rowena Aintree una galería en Kensington que se empeña en que nadie llame «tienda». Y Drusilla, la pequeña, espera un hijo mientras su marido cumple destino en el extranjero.
El encargo que dispara la novela es modesto y poco tentador: un cliente antiguo y notoriamente tacaño, instalado en una casa del Yorkshire, quiere que alguien valore los cuadros que guarda arrumbados en un cuarto, y ofrece por ello una pitanza. Nadie querría hacer ese viaje a mediados de febrero. Pero en la carta, escrita con letra temblorosa, aparece un nombre que lo cambia todo: Chauval, un pintor muerto hace veinte años que dejó muchos lienzos mediocres y unos pocos que hoy se disputan los entendidos. Distinguir unos de otros exige un ojo entrenado, y ese ojo lo tiene Julián. Entre la presión de su hermano, el olfato comercial de su tía y el recuerdo de unas vacaciones felices en Escocia, el joven acaba cediendo y pone rumbo al norte.
Lo que encuentra en la mansión no es solo una colección incierta y un propietario más que peculiar. En aquella casa aislada, cubierta por el mal tiempo, trabaja como sustituta de la cocinera una muchacha viva y desenvuelta de la que Julián se enamora sin haber previsto semejante partida en el presupuesto del viaje. El regreso a Londres, con el asunto de los cuadros aparentemente cerrado, trae poco después dos noticias: el viejo excéntrico ha muerto, y no hay manera de dar con ella. Ni nombre completo, ni dirección, ni un hilo del que tirar.
Empieza entonces una búsqueda tenaz, salpicada de pistas falsas, coincidencias y desalientos, en la que la familia entera acaba implicada a su manera: la madre que gobierna la casa desde la cocina y prefiere a Julián sin decirlo, la tía viuda que despide pretendientes en cuanto se toman confianzas, Nannie —cuarenta y ocho años, no noventa y ocho— que reparte reprimendas y buen sentido a partes iguales, y el padre que sigue añorando a la mecanógrafa de siempre. Cadell mueve todas estas piezas con precisión de relojera y una ironía que nunca hiere, y conduce la historia hasta un punto culminante y un desenlace que sorprende al lector por lo bien encajado que estaba desde el principio.
Comedia romántica y retrato de familia a un tiempo, la novela contrapone el orden antiguo y el nuevo —el despacho oscuro y el de cristal, el negocio íntimo y el negocio al día— para preguntarse, con ligereza y sin sermones, cómo se tasa aquello que de verdad importa. Publicada originalmente como The Cuckoo in Spring, es una muestra característica del talento de su autora para convertir un encargo profesional rutinario en el comienzo de una historia de amor.
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