Camila Infraga Mitre entra a terapia convencida de que el problema es su matrimonio, y sale de una sesión con una sospecha peor: que está repitiendo un guion escrito mucho antes de que ella naciera.
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Camila Infraga Mitre entra a terapia convencida de que el problema es su matrimonio, y sale de una sesión con una sospecha peor: que está repitiendo un guion escrito mucho antes de que ella naciera. Entre el diván de un analista de silencios calculados y la memoria de una abuela francesa que aprendió que la venganza era el único consuelo, esta novela reconstruye tres generaciones de una familia argentina marcadas por la infidelidad, el poder y aquello que nadie se anima a olvidar.
En un consultorio de Buenos Aires, una frase suelta —«como la Cenicienta»— le desordena la tarde a Camila Infraga Mitre. Tiene treinta y ocho años, un matrimonio de casi una década que sostiene a fuerza de amabilidad fingida, un tratamiento de fertilidad que no prosperó y la certeza incómoda de que se narra a sí misma como víctima de un accidente del que, en rigor, fue la única que salió ilesa. Patricio Blanchet, su analista, habla poco y pregunta con una precisión que molesta: ¿qué le quitó la inocencia?, ¿por qué está acá?
La respuesta no cabe en una sola vida. Para explicarse, Camila debe retroceder hasta París, hasta una niña de diez años que vio volver a los soldados del Ruhr y entendió que a las guerras iban siempre los pobres. Ivonne Lafont cruzó el Atlántico del brazo de un heredero terrateniente que la deslumbró con modos de tango, y encontró una alta sociedad que la trató de advenediza, un marido ausente y un país que ya ensayaba su primer golpe militar. En las estancias del Valle de Punilla, entre uniformes, medallas y alianzas selladas con puros y cordero, una niñera de pueblo le enseñó la sentencia que se volvería herencia: la venganza es lo único que calma.
Sobre ese eje —abuela, madre, nieta— el relato monta una genealogía de traiciones. El apellido Infraga Mitre carga con negocios crecidos a la sombra de los gobiernos de facto y con fortunas hechas de contactos oportunos, pero también con una intemperie afectiva que pasa intacta de una mujer a la siguiente. Lucio Gastaldi, el marido, es a la vez elección y condena: encantador y esquivo, criado sin padre y con una madre entregada al alcohol, defendido por Camila ante todos hasta que ella misma empezó a medirlo contra la figura imposible de su propio padre.
Alternando el presente terapéutico con el pasado familiar, la novela avanza como una investigación íntima: cada sesión abre un tramo de historia argentina, y cada tramo devuelve una pregunta sobre la responsabilidad propia. ¿Cuánto de un destino se hereda y cuánto se elige? ¿Se puede dejar de esperar al príncipe redentor de los cuentos y escribir otro final? Bajo el epígrafe de Borges —no hay otra venganza que el olvido ni otro perdón—, el libro sugiere que la salida del mandato familiar tal vez no sea el desquite, sino la decisión de no repetirlo.
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