Pauline creía ser la esposa, madre y amiga perfecta hasta que su marido saltó del columpio que ambos compartían: llevaba meses acostándose con su mejor amiga.
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Pauline creía ser la esposa, madre y amiga perfecta hasta que su marido saltó del columpio que ambos compartían: llevaba meses acostándose con su mejor amiga. El derrumbe se complica cuando la amante aparece estrangulada en su apartamento y le arrebata incluso el derecho a la venganza. Entre la compasión asfixiante de su entorno, la custodia compartida de tres hijos y una madre psiquiatra que le prescribe odio y una habitación acolchada, la narradora intenta reconstruirse desde el suelo.
Hay un antes y un después, y esta novela empieza justo en el instante en que se rompe la costura entre los dos. La narradora, Pauline, se había instalado en una vida que consideraba impecable: un marido al que conoció con calcetines cortos en el patio del parvulario, tres hijos, una casa, una amistad íntima de tantos años que ya no sabía contarlos. Se creía una santísima trinidad autoproclamada —esposa, madre y amiga ideal— hasta que descubre, con la lavadora en pleno centrifugado, que su marido la deja por su mejor amiga. La metáfora que elige para contarlo no es la escalera de rellanos que imaginaba antes, sino un subibaja: alguien salta en pleno vuelo y la otra persona aterriza de golpe, con el culo en la arena y el corazón en la boca.
El golpe se duplica de una forma casi obscena. La amiga traidora muere estrangulada en su apartamento poco después, y Pauline se queda sin destinataria para su furia: ni duelo limpio ni venganza posible, solo un odio que gira en el vacío y al que ella acaba bautizando con una palabra propia, el dolodio, esa fusión de dolor y rencor que la habita sin tregua. A su alrededor se despliega un cortejo de plañideras —amigas de brazos abiertos, maridos que reniegan de su condición de macho, una prima que llora en su lugar— cuya compasión funciona como arena movediza. Lo que Pauline pide no es consuelo sino un sargento instructor que le grite que avance aunque duela.
Ese papel lo asume, a su manera desconcertante, su madre: una psiquiatra célebre y perpetuamente en tránsito entre congresos, trapecista de la psique ajena y madre esquiva, que aterriza con maleta y martillo, convierte el cuarto de la caldera en una celda acolchada y ordena golpear, gritar y matar cojines. La receta —odiar con método para tapar el dolor como una alfombra tapa el polvo— resulta agotadora y solo parcialmente eficaz.
Mientras tanto hay que seguir viviendo: intercambiar a los niños en ferreterías, mediatecas y vestíbulos elegidos por su capacidad de incomodar, nunca frente a unos columpios; hablar a un punto vago por encima del hombro del hombre al que ya no nombra; sostener a Mathis, Luna y Thomas, ese amor que lastra y a la vez impide el suicidio y el crimen. Narrada en primera persona con una voz feroz, sarcástica y lúcida hasta la crueldad consigo misma, la obra atraviesa el cuento de hadas que Pauline se contó durante décadas y lo desmonta pieza por pieza, no para lamentarlo sino para hacerse una pregunta más peligrosa: cómo se reescribe una historia cuando quien la vivía nunca decidió nada, y cómo se decide, por fin, la continuación.
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