En el año quince del principado de Tiberio, dos crímenes aparentemente sin relación abren una trama que atraviesa el Imperio de arriba abajo. Un caballero romano desaparece en la noche, sacado de un almacén entre cubetas de despojos rumbo…
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En el año quince del principado de Tiberio, dos crímenes aparentemente sin relación abren una trama que atraviesa el Imperio de arriba abajo. Un caballero romano desaparece en la noche, sacado de un almacén entre cubetas de despojos rumbo a los fosos del Circo; una viuda rica muere en su propia casa, envuelta en joyas, a manos del amante joven al que creía haber comprado. De ese doble arranque parte una novela histórica de intriga que enlaza las cauponas del Esquilino con los despachos del pretorio, las navieras de Ostia y Massilia con los bancos del norte de Italia y las legiones del limes germano. José Manuel Somavilla combina el thriller criminal con la reconstrucción minuciosa de la vida cotidiana romana —el comercio del grano, el tráfico nocturno de carros, el dinero y sus rutas— para contar cómo una conspiración por el poder se sostiene sobre delatores, sicarios y monedas.
«El denario de oro» sitúa su acción en la Roma de Tiberio, con el emperador retirado del trato directo con el Senado y Lucio Elio Sejano, prefecto del pretorio, convertido en la mano que gobierna de hecho. En la madrugada del tercer día de las Lupercales se cometen dos crímenes extraños que nada parece unir. En uno, el caballero Fonteyo Marcelo es raptado en el Subura y transportado, atado y amordazado, en un carro de reparto de despojos hasta los fosos del Circo Máximo: la orden que reciben sus ejecutores es que no quede rastro alguno. En el otro, Corinna, viuda de familia ilustre y de fortuna considerable, muere envenenada por Rubrio Dolabela, el joven amante al que había hecho cómplice de un asesinato anterior y al que pretendía retener con dinero, celos y chantaje. Dolabela, arruinado heredero de linaje patricio, ha convertido la seducción de matronas ricas en un método y los testamentos en una industria; y es, además, confidente de Sejano.
A partir de esos dos hilos la novela despliega un mapa amplio de personajes y escenarios. En Roma y Ostia se cruzan senadores como Ticio Sabino y Marco Norbano, navarcas, banqueros, libertos, mayordomos y criminales del Subura, junto a la casa de Agripina la mayor y sus hijos Nerón y Druso, cuya sola existencia incomoda al poder. En Massilia, la compañía Pahndo y sus procuradores conviven con la banda del exgladiador Maropo; en Patavium y Vicetia, la banca Craso y un excenturión propietario de un extenso fundo aportan otra pieza al negocio; en el limes de Germania, tribunos jóvenes de la Valeria Victrix, un prefecto fabrum y un médico druida germano acercan la trama a las legiones y a la frontera.
El resultado es una intriga de dinero y poder en la que el rastro de las monedas importa tanto como el de los cadáveres: rutas navieras, préstamos, cargamentos de grano y pagos discretos van tejiendo la relación entre los crímenes iniciales y una conspiración de mayor alcance. Somavilla escribe con abundante documentación —la caupona macedonia frente a la puerta Viminalis, las gachas de espelta, los dados prohibidos en la trastienda, la prohibición de circular carros de día desde los tiempos de Julio César— y con un tono que no idealiza la ciudad: la Roma que retrata es a la vez espléndida y sórdida, gobernada por el interés y sostenida por esclavos, delatores y sicarios. Un apéndice glosario acompaña al lector con los términos latinos que recorren el texto.
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