Crónica periodística sobre la Unión Soviética de finales de los años sesenta escrita por un corresponsal que vivió allí: un retrato del país a partir de escenas cotidianas, contradicciones administrativas y silencios oficiales, con el…
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Crónica periodística sobre la Unión Soviética de finales de los años sesenta escrita por un corresponsal que vivió allí: un retrato del país a partir de escenas cotidianas, contradicciones administrativas y silencios oficiales, con el propósito declarado de comprender antes que juzgar.
Un corresponsal occidental que pasó años en Moscú reconstruye, pieza a pieza, la imagen de un país que se resiste a ser leído desde fuera. Su punto de partida es la sospecha de que casi todo lo que llega al extranjero está filtrado: los discursos oficiales, los comunicados de prensa, la unanimidad de las asambleas, el celo de los funcionarios encargados de administrar lo que puede verse y lo que no. Frente a ese decorado, el autor propone un método modesto y deliberado: avanzar por etapas cortas, ordenar los indicios, resistir la tentación del veredicto.
El libro empieza desmontando una discusión que le resulta familiar y estéril —el intercambio de consignas entre quienes ven en la URSS un desierto de esclavos y quienes la celebran como faro del siglo— para argumentar que ambos bandos comparten un mismo problema: juzgan sin material. A partir de ahí, la obra se organiza como un mosaico de observaciones concretas. Aparece la aritmética del país: doscientos cuarenta millones de habitantes, catorce repúblicas además de la rusa, decenas de regiones llamadas autónomas, ciento treinta pueblos y grupos étnicos cuyo único denominador común, sostiene el autor, es la voluntad del Partido. Aparece también la distinción legal entre ciudadanía y nacionalidad de origen, con sus consecuencias prácticas, y el caso singular de la población judía, a la que el sistema de nacionalidades no acierta a asignarle un territorio propio.
El retrato avanza luego hacia el carácter y las costumbres. Hay páginas dedicadas al vínculo casi físico entre la gente y su tierra —los bosques, la taiga, los ríos, las salidas dominicales en busca de setas, el fuego de leña, la sopa de pescado al mediodía—, y otras al patriotismo, a la desconfianza hacia el visitante extranjero y a la eficacia de una propaganda que convierte los rumores de la radio en certezas domésticas. El autor recoge el reclamo de escritores que rechazan la compasión de Occidente y prefieren enfrentar solos sus tormentas, y narra episodios como el entierro de un poeta al que la prensa ignoró y al que dos mil personas fueron a despedir de todos modos, o la insistencia de otros autores perseguidos en no abandonar el país que los castiga.
En paralelo corre el inventario de las contradicciones del sistema: complejos industriales levantados en plena Siberia, mares artificiales, lubricantes que resisten sesenta grados bajo cero y cosmonautas en órbita, junto a colas para conseguir limones, robos rutinarios en fábricas y oficinas, condenas por falta de adhesión ideológica. El último tramo del recorrido se detiene en un problema que el autor documenta con datos y casos judiciales: la depredación de la fauna, la caza y la pesca furtivas ante una legislación indulgente, y sobre todo la contaminación de los ríos por vertidos industriales, con campañas ciudadanas que a veces logran frenar un proyecto y ministerios que a menudo prefieren la industria a la naturaleza.
Por encima de todo ello, el libro observa el aparato que intenta contener ese hervidero: un Politburó donde se enfrentan duros y liberales, tecnócratas y políticos, y una dirección colectiva que arrastra el carro del Estado por los caminos trazados por la doctrina, obligada además a sostener la unidad del bloque socialista, donde lo que ocurre en Varsovia o en Praga repercuten en Moscú y viceversa. El resultno es una tesis cerrada ni un panfleto, sino un ejercicio de lectura paciente: el intento de un testigo por describir un continente que se defiende de ser descrito.
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