Anna lleva cinco años en un matrimonio que la ha convencido de que el problema es ella. Cuando un invitado francés se instala en su casa durante una ausencia más de su marido, empieza a sospechar que nunca fue frigidez, sino falta de quien…
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Anna lleva cinco años en un matrimonio que la ha convencido de que el problema es ella. Cuando un invitado francés se instala en su casa durante una ausencia más de su marido, empieza a sospechar que nunca fue frigidez, sino falta de quien la mirara.
En un suburbio arbolado de Surrey, Anna cumple con su vida como cumple con la lista de la compra: por costumbre y sin esperar demasiado. Los encuentros semanales con Paul, su marido, terminan con ella despierta en la oscuridad preguntándose si la pasión no será más que eso. Él ha resuelto la cuestión hace tiempo, y siempre a favor suyo: si Anna no disfruta, la culpa es de Anna. Ella ha aceptado el veredicto con la docilidad de quien salió del internado directamente al altar y nunca tuvo con qué comparar.
El relato arranca justo cuando esa aritmética empieza a fallar. Paul se marcha a Edimburgo por dos noches que, ambos saben, pueden estirarse a dos semanas, y deja en el aire la cita de orientación matrimonial que Anna llevaba meses esperando. En su lugar llega Dominic Gérard, el invitado francés al que Anna debe hospedar una semana por encargo de Alan, su jefe y amigo. Anna esperaba a un conferenciante mayor y afable; encuentra a un hombre de treinta años, de manos de escultor y una sonrisa levemente torcida, que pronuncia su nombre como si lo estuviera descifrando.
Lo que sigue no es tanto una seducción como una corrección de perspectiva. Dominic advierte las flores que ella puso en el alféizar, gira el retrato de Paul para que Anna no tenga que mirarlo, y le dice —sin adornos— que su marido es un imbécil. Una palabra suya, «bonita», basta para que Anna se plante esa noche frente al espejo del armario y se examine por primera vez sin la voz de Paul de fondo: descubre que sus caderas no eran anchas, que sus piernas eran fuertes, que el cuerpo que le habían enseñado a disculpar no necesitaba disculpa. Es en ese inventario íntimo donde la interrumpe Dominic, y donde la novela deja claro que su verdadero asunto es el deseo como forma de conocimiento propio.
La autora reparte el punto de vista con más malicia de la que el género suele permitirse. También entramos en la cabeza de Paul, que observa a su mujer vestirse a media luz, la detesta por parecer una mártir y aparta a manotazos la sospecha de que la está maltratando por vías que no dejan marca. Ese contrapunto vuelve el libro menos ingenuo: no hay un villano de opereta, sino un hombre pequeño que se sabe pequeño y castiga a quien se lo recuerda. Frente a él, la hermana Leigh insiste en que ninguna mujer con algo de amor propio soportaría aquello, mientras Anna se aferra a lo malo conocido.
Escrita en un registro sensual explícito pero atento a la interioridad, la obra sigue el itinerario de una mujer que aprende a nombrar lo que quiere. El despertar del título es literal en la cama y figurado en todo lo demás: la sospecha, largamente aplazada, de que salvar el matrimonio no era su única opción.
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