Un dirigente comunista argentino se sienta frente a un psicoanalista y, entre discursos de tribuna y confesiones de diván, reconstruye la vida entera que le entregó al Partido: la infancia marxista, el padre que murió temprano, la escuela…
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Un dirigente comunista argentino se sienta frente a un psicoanalista y, entre discursos de tribuna y confesiones de diván, reconstruye la vida entera que le entregó al Partido: la infancia marxista, el padre que murió temprano, la escuela del Komsomol en Moscú, la clandestinidad bajo la dictadura y el día en que decidió renunciar. Un monólogo teatral y autobiográfico sobre la fe militante, la duda como herejía y el precio de pensar por cuenta propia.
Sobre el escenario hay dos espacios y una sola vida. A la derecha, una tarima con micrófono y el escudo de la hoz y el martillo: allí el protagonista pronuncia arengas radiantes ante camaradas invisibles. A la izquierda, dos sillones enfrentados bajo un retrato de Freud: allí, ante un analista llamado Mario, la misma voz se quiebra y empieza a preguntar por qué. Entre esos dos púlpitos —el de la certeza y el de la duda— transcurre el relato.
El narrador creció en una casa donde el comunismo era el aire que se respiraba: un padre de juicios tajantes que enseñaba a vencer al miedo tocando un escorpión con una ramita, un semanario partidario que llegaba los jueves en sobre de papel madera, una infancia con más consignas que juguetes. A los catorce se afilió; a los diecisiete viajó a Moscú con nombre y documento falsos para estudiar en la Escuela Superior del Komsomol, entre pinos nevados, carteles rojos y compañeros palestinos, angoleños y vietnamitas que volverían a jugarse la vida en sus países. Después vinieron el cargo, la custodia personal, las reuniones clandestinas del Comité Central en plena dictadura, y una moral interna capaz de retirar casa por casa un libro incómodo o de convertir a una hija que abandona la militancia en una mera astilla que se extrae.
Pero la fe se agrieta. Aparecen las escenas que no se perdonan: una novia abandonada llorando contra el vidrio de un aeropuerto en nombre de la responsabilidad revolucionaria; los silencios cómplices; el descubrimiento de que dudar tenía nombre de pecado —“tener ideas”—. El baño de casa se vuelve confesionario laico. Y llega, una víspera de Navidad de 1984, la renuncia y el enfrentamiento con un jefe enorme que aúlla, llora y suelta la frase que da título y herida a todo el libro: irse del Partido es como matar al padre.
Escrita como pieza teatral en cuadros, con acotaciones escénicas, canciones de la militancia y páginas de un anotador convertido en diario íntimo, la obra cruza autobiografía, testimonio de época y ajuste de cuentas político. Es el retrato de un fanatismo por dentro —su calidez, su épica, su ternura y su crueldad— y la crónica de un desprendimiento doloroso: el de quien decide salir de la caverna sabiendo que los que se quedan lo llamarán traidor.
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