Un detective de Chicago sin nada que hacer en sus vacaciones se topa con un hombre desfigurado, sin memoria y con un arma falsa atada a las manos, en el arranque de un thriller sobre la venganza de dos amigos a quienes la justicia dio la…
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Un detective de Chicago sin nada que hacer en sus vacaciones se topa con un hombre desfigurado, sin memoria y con un arma falsa atada a las manos, en el arranque de un thriller sobre la venganza de dos amigos a quienes la justicia dio la espalda.
Un mediodía de agosto, el tráfico de una avenida céntrica de Chicago se detiene en seco. Desde la barra de una cafetería, el detective Rick Kauffman ve cómo el bullicio se apaga en oleadas y los clientes se echan al suelo: en mitad de la calzada hay un hombre trajeado, con bata blanca y un fusil entre las manos, que avanza a tumbos como si no supiera dónde está. Cuando la policía lo derriba de un disparo en el muslo, el arma resulta ser de plástico, el cartel que le cuelga del pecho anuncia que se ha de hacer justicia y el cuerpo tendido en el asfalto ya no es del todo suyo: la cara está cosida en un mapa de cicatrices recientes, los brazos pertenecen a otro hombre —muerto días antes— y la piel está fría. El hombre no recuerda ni su propio nombre.
A partir de ese golpe inicial, la novela retrocede varios meses para desplegar la otra mitad de la historia. Robert Forth, ingeniero mecánico dueño de una empresa de carretillas elevadoras, y Mike Goldstein, abogado especializado en asuntos financieros, se conocieron por casualidad en unas vacaciones y quedaron unidos por una herida común: a Mike una operación quirúrgica opaca dejó a su esposa en un coma irreversible y una tarde de domingo le arrebató a su hija de ocho años; a Robert, la misma clínica le devolvió una mujer hundida en la depresión. Los intentos de llevar al responsable ante los tribunales chocaron años atrás contra un muro de dinero e influencias. Cuando ambos descubren, por separado y casi a la vez, que ese hombre ha abierto un negocio nuevo en su propia ciudad y vive sin una sola sombra sobre la conciencia, la conversación telefónica que mantienen deja de ser una charla entre amigos: uno confiesa que lleva más de un año siguiéndole los pasos, el otro que no piensa detenerse.
Las dos líneas —la investigación policial que avanza a ciegas desde una habitación de hospital y el plan meticuloso que se cocinó durante meses— se buscan mutuamente. Mientras Rick, su compañero Adam y el sargento Dennis Doyle reconstruyen a partir de una furgoneta robada, una llave sin cerradura y un informe médico que habla de un cirujano experto, el lector sabe algo que ellos ignoran, y esa asimetría sostiene la tensión. La novela cruza el procedimental urbano con el relato de venganza y plantea, sin resolverla del todo, la pregunta que lleva escrita en el pecho su víctima: qué queda cuando el castigo llega por fuera de la ley y a qué precio se paga la satisfacción de ver caer al culpable.
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