Un pueblito alemán en los años ochenta se ve sumido en la angustia cada vez que Selma, una anciana de porte distinguido, sueña con okapis. La superstición cobra vida cuando, tras cada sueño, la muerte toca a alguien cercano.
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Un pueblito alemán en los años ochenta se ve sumido en la angustia cada vez que Selma, una anciana de porte distinguido, sueña con okapis. La superstición cobra vida cuando, tras cada sueño, la muerte toca a alguien cercano. A través de los ojos de una niña de diez años, descubrimos cómo una comunidad pequeña es envuelta por el terror de lo inevitable y cómo un animal absurdo se convierte en mensajero de tragedias.
En un pueblito de Westerwald en la Alemania de 1983, una anciana llamada Selma posee un don perturbador: sus sueños son avisos de muerte. Cuando sueña con un okapi —ese animal inverosímil hecho de piezas que no encajan—, alguien del pueblo fallece en las siguientes veinticuatro horas. Selma lo ha comprobado tres veces, y la cuarta no será excepción.
La narración llega a través de los ojos de Luise, una niña de diez años que vive la cotidianidad de ese pueblo pequeño donde todos se conocen, donde la muerte acecha entre los deberes de geografía y los trayectos en tren. Cuando Selma se despierta después de soñar con el okapi en la madrugada del 18 de abril de 1983, intenta ocultarlo con una falsa alegría que tira por tierra la trama de supersticiones que sostiene la vida del pueblo.
Lo que sigue es una lenta acumulación de tensión. El rumor viaja más rápido que el tren que lleva a Luise y a Martin, su primo, a la escuela cada mañana. Para entonces, todo el pueblo ya sabe que la muerte está en camino. No como concepto abstracto, sino como visitante anunciado, como una madraza del bautizo que llega a entregar sus dones inevitables.
A través de detalles precisos —un señal que cae del andén sin explicación, la precisión con que Martin memoriza cada prado y cada bosque del trayecto en tren, la forma en que Selma se parece a Rudi Carrell de una manera que nadie había notado hasta entonces— la novela teje una red donde lo cotidiano y lo sobrenatural se entrelazan con naturalidad. El peso de las cosas se convierte en el verdadero tema.