Andalucía, 1781. María Antonia Isabel de Lara y Guzmán —Marian para los suyos— tiene diecisiete años cuando su padre la promete a un primo parisino, viudo, usurero y treinta años mayor, al que jamás ha visto.
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Andalucía, 1781. María Antonia Isabel de Lara y Guzmán —Marian para los suyos— tiene diecisiete años cuando su padre la promete a un primo parisino, viudo, usurero y treinta años mayor, al que jamás ha visto. Encerrada dos noches en un convento por una broma malinterpretada, parte hacia Francia con su institutriz y un cuaderno recién estrenado. En sus páginas anota el camino, los asaltos, las humillaciones y el miedo de una boda que no eligió.
Escrita en primera persona y fechada día a día, esta novela adopta la forma íntima del diario para contar el tránsito de una muchacha desde la casa familiar hasta un matrimonio pactado sin su consentimiento.
Marian pertenece a una familia titulada del sur de España: su padre es juez y vizconde; sus hermanos, un coronel destinado en América, un sacerdote acomodado y una hermana casada con un banquero malagueño. Ella es la menor y, pese a los pretendientes que la cortejan en su tierra, su destino se decide por carta a lo largo de seis meses de negociaciones sobre la dote y la fecha de la ceremonia. El novio se llama Donatien de Chatillon, vive en París, presta dinero con intereses y ha visto de ella únicamente un retrato al óleo. Marian, en cambio, no sabe siquiera si es apuesto.
La joven agota todos los recursos a su alcance: suplica, argumenta, recurre a su madre, a su hermana, a su cuñado y a su hermano sacerdote. Ninguna de esas voces conmueve al padre, y una fuga bromeada con su amiga Margarita basta para que la encierre en una celda carmelita hasta la partida, sin concederle una despedida.
El viaje ocupa el corazón del libro. Un mes de camino hacia el norte, once o doce leguas diarias, mesones de muy distinta fortuna, un lago donde los mozos se bañan sin pudor, un asalto de bandidos que se lleva las joyas heredadas de su abuela, una taberna donde los ladrones reaparecen y la calma se rompe a tiros. Junto a Marian viaja Antonia Luisa, la institutriz que la crió sin quererla nunca del todo: seca, devota, capaz de leer el diario en voz alta para diversión ajena y, al minuto siguiente, de tomarle las manos para calmarle el temblor.
Entre incidencia e incidencia, el cuaderno se vuelve confidente. Allí Marian retrata a los suyos, mide su propia vanidad, confiesa curiosidades que la avergüenzan y anticipa con nerviosismo la noche de bodas. La pregunta que sostiene la lectura no es solo si logrará ser feliz tan lejos de su madre, sino qué la espera al final del camino: el hombre con quien va a casarse guarda un secreto que ninguna de las cartas mencionó.
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