Ensayo que explora la relación espiritual entre José Martí y su discípulo Gonzalo de Quesada. Santovenia analiza cómo el joven cubano fue descubierto por el Apóstol en Nueva York, se convirtió en su colaborador más leal en la gestación del…
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Ensayo que explora la relación espiritual entre José Martí y su discípulo Gonzalo de Quesada. Santovenia analiza cómo el joven cubano fue descubierto por el Apóstol en Nueva York, se convirtió en su colaborador más leal en la gestación del Partido Revolucionario Cubano, y recibió de Martí una confianza excepcional, siendo designado como representante en los preparativos de la guerra de independencia.
Emeterio Santovenia presenta un ensayo que examina la relación espiritual entre José Martí y Gonzalo de Quesada, comparándola con la devoción que Jesús profesaba hacia San Juan el Evangelista. El autor sitúa esa afección en el orden de los sentimientos que trascienden lo temporal.
Santovenia relata cómo Martí descubrió en Quesada, joven cubano exiliado, las virtudes indispensables para la causa de independencia. El encuentro decisivo ocurrió el 10 de octubre de 1889 en Nueva York, cuando el adolescente pronunció un discurso apasionado en Hardman Hall que reveló sus dotes oratorios y su entrega patriótica. Desde ese instante, Martí supo que había encontrado a quien encarnaba sus ideales revolucionarios.
La afección entre maestro y discípulo se intensificó gradualmente, adquiriendo carácter paternal. Martí depositaba en Quesada sus confesiones más graves sobre el destino de Cuba, incluyendo advertencias sobre maquinaciones estadounidenses. El Apóstol lo reconocía como su hijo espiritual, como portador de su legado patriótico.
Quesada secundó a Martí en sus empresas más decisivas. Su designación como Secretario de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano simbolizó una asociación donde el discípulo encarnaba plenamente los principios martianos. Su matrimonio con Angelina Miranda fortaleció estos lazos, brindando al Apóstol paz en medio de sus labores revolucionarias.
Como escritor, Quesada floreció bajo la dirección de Martí, demostrando capacidad de inflamar conciencias. Su trabajo en el periódico Patria lo convertía en alter ego editorial del Delegado durante sus ausencias.
En 1895, cuando Martí se preparaba para partir hacia la guerra de independencia, revistió a Quesada de poderes excepcionales como su representante. Una carta a José Dolores Poyo sintetiza la confianza depositada: «Gonzalo de Quesada es mi carta». En esas palabras late la transmisión de una misión histórica, el legado confiado a manos fieles en vísperas del sacrificio definitivo.
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