Inglaterra, primavera de 1939: en plena tormenta nocturna, Rachel Bourke huye de la mansión familiar con su hija en brazos y un diario que esconde un secreto.
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Inglaterra, primavera de 1939: en plena tormenta nocturna, Rachel Bourke huye de la mansión familiar con su hija en brazos y un diario que esconde un secreto. Ocho años después, terminada la guerra, una niña silenciosa que lleva ese mismo nombre llega a la misma casa acompañada de una monja y de un detective de ética dudosa. Jerome Bourke cree haber recuperado a su hija; lo que ninguno sabe es cuánto de aquella noche sigue esperando entre esas paredes.
Todo empieza con una fuga. Once y diecisiete de la noche, primavera de 1939, en las afueras de Lingfield: una mujer baja la escalera de madera de una casona enorme calculando cada peldaño, con su hija de casi dos años en un brazo y, en el otro, una maleta a reventar y el cuaderno donde ha registrado su vida. Los truenos le sirven de cortina; la luna, ausente, parece cómplice. Antes de cruzar la puerta, Rachel Bourke toma una decisión que marcará el resto de la novela: en lugar de llevarse el diario, lo esconde en algún rincón del salón. Después, la lluvia, unos faros bajo un árbol y el silencio de ocho años.
Cuando la historia se reanuda, Inglaterra sale a duras penas de la guerra y un Ford Prefect entra por el mismo portón oxidado. Dentro viaja una niña de diez años, criada en el orfanato Hope Field, que aprieta contra el pecho su único bien: un diario. La acompañan la hermana Mary, la mujer que ha hecho de madre sin serlo, y Nicholas Knaggs, un investigador que cumple sus encargos aunque su honradez se haya puesto en duda más de una vez. Los recibe Jerome Bourke —militar de casi dos metros, dueño de una biblioteca imponente y de una pérdida que no ha logrado explicarse— con un discurso ensayado que se le deshace en la boca al ver esa cara.
A. J. García construye un relato de familia y posguerra donde lo doméstico pesa tanto como lo enigmático: el crujido del suelo, un reloj de péndulo detenido, un relicario que nunca apareció, la exigencia de cortar con el pasado para empezar de nuevo. La casa, con su opulencia descuidada, funciona como archivo de lo que nadie quiso contar, y la niña —observadora, reservada, lectora obstinada de Historia de dos ciudades— parece traer consigo una sensibilidad que no encaja del todo con la explicación razonable de las cosas.
Entre la ternura y la sospecha, la novela avanza hacia las preguntas que sostienen su título: por qué huyó una madre que lo tenía todo, qué escribió antes de irse y qué don acompaña a la hija que regresa.
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