Un funcionario ruso desterrado a una pequeña ciudad del Cáucaso descubre que ya no ama a la mujer por la que huyó del norte, y busca en teorías, libros y amigos una justificación para abandonarla.
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Un funcionario ruso desterrado a una pequeña ciudad del Cáucaso descubre que ya no ama a la mujer por la que huyó del norte, y busca en teorías, libros y amigos una justificación para abandonarla. A su alrededor, un médico bondadoso y un zoólogo implacable convierten su desidia en un litigio moral sobre qué merece la vida de un hombre inútil.
En una ciudad costera del Cáucaso, donde el calor aplasta las mañanas y el mar es lo único que se mueve, transcurre la vida de Iván Andréich Laievski, un joven funcionario de veintiocho años que llegó allí persiguiendo una idea: trabajar la tierra, plantar viñas, empezar de nuevo junto a la mujer casada con la que se fugó desde Petersburgo. Dos años después, nada de eso ocurrió. Laievski juega a las cartas, bebe, acumula deudas, desprecia su empleo y ha llegado a una conclusión que no se atreve a decir en voz alta: no ama a Nadiezhda Fiódorovna y no soporta seguir viviendo con ella.
La obra arranca con esa confesión, hecha a medias dentro del agua y terminada frente a una taza de café. El interlocutor es Samóilenko, médico militar de aspecto brusco y bondad casi cómica, un hombre que presta dinero a todos, cocina para quien no tiene dónde comer y se avergüenza de ser tan bueno. Su consejo es antiguo y simple —la vida en común se sostiene con paciencia, no con amor; el deber manda casarse ahora que el marido de ella ha muerto—, y choca contra la elocuencia de Laievski, que sabe convertir cualquier flaqueza en argumento. Él no se llama cobarde: se llama hombre superfluo, víctima de la civilización, heredero degenerado de una clase acabada, y encuentra en Tolstói, en Hamlet, en Oneguin y Pechorin, el permiso para no actuar. Mientras tanto oculta una carta que lo cambiaría todo, calcula rutas de huida hacia el norte y observa a la mujer con la que vive con una minuciosidad cruel: su peinado, su enfermedad, el ruido con que bebe la leche, todo le parece una mentira montada para engañarlo.
El retrato se completa cuando entra en escena Von Koren, zoólogo llegado a estudiar la embriología de las medusas, satisfecho de su propia salud y de su propia lógica. Para él, Laievski no es un desdichado sino un organismo nocivo, un microbio con conversación, y lo dice sin rodeos ante la mesa donde comen a diario el médico y un joven diácono recién salido del seminario. Su acusación es un inventario: enseñó a la ciudad a jugar, a beber, a exhibir el adulterio, y disfraza su desorden de fenómeno histórico. Frente a él, Samóilenko solo tiene la piedad, y la piedad no argumenta bien.
De ese triángulo —el hombre que se explica a sí mismo, el que lo perdona todo y el que quisiera eliminarlo— nace la tensión del relato. La ciudad, con sus cipreses jóvenes y sus montañas de color lila, funciona a la vez como escenario y como cárcel: Laievski la ve como el pozo de un cuadro de Vereschaguin, y Samóilenko como el paraje más grandioso de la tierra. Entre las dos miradas se juega una pregunta que la obra plantea sin resolverla de antemano: si un hombre puede seguir llamándose honrado mientras convierte su propia debilidad en teoría, y quién tiene derecho a decidir que otra vida sobra.