Enrique Aguerre, empresario porteño que hizo fortuna en la city, compra La Escondida, una estancia en ruinas en el sur bonaerense. Allí lo reciben Márquez y Élida, trabajadores del anterior dueño, fallecido meses atrás.
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Enrique Aguerre, empresario porteño que hizo fortuna en la city, compra La Escondida, una estancia en ruinas en el sur bonaerense. Allí lo reciben Márquez y Élida, trabajadores del anterior dueño, fallecido meses atrás. Pero la tierra retiene a quien la amó en exceso: pronto aparecen luces en el abra y los vecinos susurran de apariciones. El fantasma del viejo patrón aún ronda la estancia, incapaz de soltar lo que fue su mundo. Mientras Enrique intenta cambiar la propiedad, queda atrapado entre la lealtad dividida del peón y un pasado que no le pertenece.
Al llegar a La Escondida una mañana de verano, Enrique Aguerre descubre la magnitud de lo que ha comprado: una avenida de acacias, casuarinas y eucaliptus que conduce a una vieja casa apenas visible en el claro. Todo parece detenido en el tiempo, como una melodía que se va imponiendo de a poco. Enrique es uno de esos hombres que tras amasar una fortuna en Buenos Aires decide retirarse al campo, buscar calma en la tierra de sus ancestros. Compró la estancia como inversión, pero pronto descubre que el lugar le pide más de lo que estaba dispuesto a dar. La propiedad está en ruinas: los alambres rotos, el monte creciendo sin control, los árboles del parque secos e inclinados. Nadie más la quiso. Sin embargo, aquí lo esperan Márquez y Élida, trabajadores que sirvieron años al anterior dueño, un ganadero de la vieja estirpe que murió meses atrás. Era un hombre parco, orgulloso de su palabra, capaz de esperar años a que algo saliera bien. Se pasaba el día cabalgando silenciosamente por el campo, midiendo los tiempos naturales del ganado, viviendo en perfecta soledad salvo por la voz de una radio Zenith antigua. Era de aquellos que la gente respetaba sin necesidad de estar cerca. Pero ese hombre no se fue del todo. En las tardes se ven luces fosforescentes entre los eucaliptus. Los puesteros juran haberlo visto tranqueando el camino al atardecer, las manos en los bolsillos, sombreado por una boina desteñida. Los cazadores furtivos que se atreven a entrar abandonan el lugar pálidos. Una maestra rural perdió el habla durante días. El fantasma del viejo patrón regresa a La Escondida, incapaz de desprenderse de la tierra que fue su único mundo. Enrique no advierte al principio la presencia invisible que camina a sus espaldas mientras pasea por el parque, ni la ve espiar por las ventanas mientras lee de noche. Solo percibe ese campo descuidado que está muy lejos de sus planes. Pero una vez que supera su desconfianza y siente que La Escondida es verdaderamente suya, todo cambia. Siente su corazón elevarse como si alguien lo levantara con los dedos sobre una bandeja de plata, y ahí empieza su historia de amor con la estancia. Lo que Enrique no sabe es que también está comenzando su conflicto silencioso con los fantasmas de un pasado que no le pertenece. Porque mientras él intenta modernizar y renovar La Escondida, el anterior dueño lucha por mantener vivo lo que fue: sus rutinas, su soledad, su dominio sobre esa tierra brava del sur bonaerense. Y Márquez, el peón leal, debe elegir entre dos lealtades imposibles, entre el mundo que se va y el mundo que llega.
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