Un duque metódico compra la paz de su patrimonio con un matrimonio de conveniencia y descubre demasiado tarde que ha invitado a una fuerza de la naturaleza a vivir bajo su techo.
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Un duque metódico compra la paz de su patrimonio con un matrimonio de conveniencia y descubre demasiado tarde que ha invitado a una fuerza de la naturaleza a vivir bajo su techo. Cuando un primo ambicioso intenta anular la unión alegando que nunca fue real, la única prueba irrefutable resulta ser un heredero. Su esposa, inventora de vocación, acepta el encargo como aceptaría cualquier otro: con planos, hipótesis y ensayos controlados. Lo que empieza como un cálculo frío entre dos socios termina siendo la colaboración más peligrosa —y más tierna— de sus vidas.
Everett, duque de Tolland, ha construido su vida sobre la previsibilidad. Administra su finca con la misma disciplina con la que administra sus emociones, y cuando el testamento de un tío lo obliga a casarse, resuelve el asunto como resolvería cualquier otro asiento contable: un contrato respetable, ventajoso para ambas partes, con una dama de buena cuna y temperamento supuestamente apacible. Clemency Pratt llega con baúles, una tetera que se agita sola y una mente que no distingue entre un puente y una cuchara: ambos son sistemas de tensión esperando ser comprendidos. El acuerdo inicial incluye alas separadas de la casa, una frontera que el duque considera prudente y que el tiempo demostrará ser su peor error estratégico.
Durante meses conviven en una tregua de cortesía forzada, interrumpida por explosiones, inundaciones domésticas y una columna de sociedad que convierte cada desastre del Ala Este en material de burla pública. La casa aprende a contener el aliento entre catástrofes. Pero es precisamente en el taller de Clemency, discutiendo el mecanismo de un pasapáginas que se niega a funcionar, donde el duque descubre que su lógica ordenada y el caos brillante de su esposa hablan, sin saberlo, el mismo idioma. La alianza se sella en una cena desastrosa, cuando la duquesa dobla una reliquia familiar para ilustrar un principio de palanca y su marido, en lugar de disculparse, decide llamarlo genialidad.
La tregua se rompe cuando un primo del duque solicita la anulación del matrimonio ante los fideicomisarios: una farsa, argumenta, un contrato sin consumar y una duquesa demasiado escandalosa para llevar el apellido. La amenaza deja de ser patrimonial y se vuelve personal. Everett propone entonces la única solución que ningún tribunal puede litigar —un hijo— y lo hace con la torpeza clínica de quien nunca ha pedido nada íntimo en su vida. Clemency accede al instante, no con rubor sino con entusiasmo profesional: si hay un objetivo, habrá metodología. Habrá gafas protectoras, mediciones, tónicos afrodisíacos de resultados catastróficos, mobiliario diseñado para optimizar ángulos y una lista creciente de variables imprevistas.
Narrada desde la voz irónica y cada vez más desarmada del duque, con capítulos titulados como las fases de un informe de laboratorio, la novela avanza del cálculo a la ternura mientras la presión social se estrecha alrededor de la pareja. Entre ensayos fallidos, humillaciones públicas y la lenta aparición de una confianza que ninguno de los dos había firmado, ambos descubren que el experimento se les ha ido de las manos por la razón más inconveniente posible: los datos ya no explican lo que sienten. Una comedia romántica de época sobre el deseo como territorio inexplorado, la inteligencia femenina como escándalo y el matrimonio entendido, por fin, como trabajo de equipo.
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