Verónica Hegarty regresa a la casa familiar de Dublín para decirle a su madre que han encontrado muerto a su hermano Liam en Brighton. El duelo la obliga a remontarse a un verano de su infancia en casa de su abuela Ada, donde ocurrió algo…
Descargar
Verónica Hegarty regresa a la casa familiar de Dublín para decirle a su madre que han encontrado muerto a su hermano Liam en Brighton. El duelo la obliga a remontarse a un verano de su infancia en casa de su abuela Ada, donde ocurrió algo que no está segura de haber visto y que, sospecha, selló el destino de Liam. Entre doce hermanos, silencios heredados y una memoria que se le escurre, Verónica intenta reconstruir —y quizá inventar— la historia que explique la pérdida.
La novela se abre con una confesión inquietante: la narradora quiere dar testimonio de un hecho que no sabe si es cierto. Verónica Hegarty tiene treinta y nueve años, dos hijas, un coche y una factura de teléfono que puede pagar; por eso le ha tocado a ella cruzar Dublín para llamar a la puerta de su madre y anunciarle que Liam, el hermano con el que se llevaba once meses, ha muerto en Inglaterra. La escena de la cocina —el hervidor, la manga mojada, las pastillas tragadas a palo seco, el primer bofetón que su madre le da en la vida— condensa el tono de todo el libro: un dolor exacto, doméstico, atravesado por una rabia que la narradora no logra ni justificar ni deponer.
A partir de ahí el relato se despliega en dos tiempos. En el presente, Verónica gestiona la muerte: llama a la funeraria, elige el roble del ataúd, avisa a los hermanos dispersos entre Clontarf, Londres, Tucson y el norte de Arequipa, recorre a oscuras los cuartos de una casa que crece por añadidos —el comedor tragándose la cocina, la cocina tragándose el jardín— y que ella imagina demolida para empezar de nuevo. En el pasado, se remonta a 1925, al vestíbulo del hotel Belvedere, donde su abuela Ada Merriman y Lambert Nugent se miran durante tres horas y media sin cruzar palabra mientras un conserje enciende una por una las lámparas de gas. Verónica reconstruye ese encuentro con la conciencia declarada de estar inventándolo: “Todo esto es mi novela, naturalmente”. Ada no se casará con Nugent, sino con su amigo Charlie Spillane, pero Nugent nunca la dejará, y de esa fidelidad torcida cree Verónica que brotaron las semillas de la muerte de su hermano.
Entre ambos planos late lo que la narradora llama un crimen carnal, ocurrido el verano en que tenía ocho o nueve años en casa de la abuela, y del que solo quedan huesos limpios que ella amortaja con frases hermosas. La novela examina una familia numerosa —doce hijos, cuatro abortos, nombres épicos y ropa heredada— gobernada por un mantra defensivo, “No se lo digas a mamá”, y por una madre tan evanescente que no reconoce a su propia hija ni se reconoce a sí misma en las fotos. El resultado es un libro sobre la memoria como acto de invención: sobre el deseo, la herencia del silencio, el catolicismo dublinés y la sospecha de que amar a alguien es quedarse prendido en él para siempre.