Sevilla, diciembre de 1599: un banquero traicionado por el poder entrega a un joven mensajero una caja de caudales y una orden desesperada. Cuatro siglos después, un catedrático llamado Miguel Saavedra —estudioso de Cervantes por vocación…
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Sevilla, diciembre de 1599: un banquero traicionado por el poder entrega a un joven mensajero una caja de caudales y una orden desesperada. Cuatro siglos después, un catedrático llamado Miguel Saavedra —estudioso de Cervantes por vocación y por apellido— verá su vida ordenada y modesta desbaratada por aquel secreto. Dos épocas, una misma cuenta pendiente.
En una mañana engañosamente cálida de mediados de diciembre de 1599, un caballero sube la escalinata de un palacio sevillano para confirmar a Su Excelencia, el Oidor de la Audiencia, que esa misma tarde tendrá en su poder toda la recaudación. La conversación es breve y la amenaza, explícita: hay personas muy importantes dispuestas a lo que sea para que ese dinero no llegue a su destino, y nadie piensa arriesgar su propio cuello. Detrás de los guadamecíes que hacen las veces de celosía escucha el alguacil, hombre enteco y silencioso, mano derecha del Oidor y dueño de una espada toledana con demasiado oficio.
Esa misma noche, en el aposento principal de un caserón de dos plantas, el banquero Simón Freire guarda en una caja de metal repujado —ya casi repleta de monedas de oro, documentos y joyas— el dinero que acaba de entregarle un muchacho de unos veinte años, recién llegado de un largo viaje y al que le faltan tres dedos de la mano izquierda. Cuando el mercader toma la pluma para firmar el pagaré, el aldabón revienta contra el portón. Comprende de golpe que lo han traicionado y que su ingenuidad va a costarle la vida. En los segundos que le quedan improvisa una salida: mete la caja en una bolsa de cuero embreada, se la tiende al joven y le ordena arrojarla al pozo del patio sin detenerse ni un instante.
La orden no llega a cumplirse. El patio está vigilado, el muchacho es descubierto y su fuga lo lleva por un laberinto de pasillos, un ventanuco imposible, una calleja, un cementerio donde se esconde en una fosa vacía y, al fin, la iglesia de una comunidad religiosa donde vela un pequeño ataúd blanco. Allí, acuclillado en un púlpito labrado mientras un hombre de porte regio reza junto al féretro de un niño, urde un plan propio: esconde la caja, sustituye un cuadernillo por otro casi idéntico y se guarda una sola moneda de oro de las sesenta y seis que ha contado. Sale de madrugada sin saber siquiera el nombre del templo donde ha dejado el secreto.
Cuatro siglos más tarde, en Madrid, Miguel Saavedra se presenta al lector con la calma de quien cree tener la vida resuelta en cosas pequeñas. Catedrático de instituto, profesor de «Cervantes y su tiempo» los martes por la tarde, vecino del Barrio de las Letras desde la muerte de su madre, coquetea con la cincuentena entre libros de viejo, un chupito de ron y un tango antes de dormir. Debe su vocación a dos causas: don Joaquín Sola y Barberá, aquel profesor huraño de anécdotas literarias y insultos en tríada que aún repite en sus propias clases, y su nombre, que lo emparenta por onomástica con el autor del Quijote. También arrastra una exmujer de lengua afilada, un exsuegro que lo entiende mejor que ella y una tesis doctoral sobre los sonetos cervantinos leída a mediados de los ochenta.
Ese doctorado, escrito en dos años vertiginosos, fue en realidad el origen de un conflicto que tardaría veinticinco años en alcanzarlo. La novela alterna las declaraciones del alguacil Cristóbal Pérez en el proceso 165/1599 de la Audiencia de Sevilla y los extractos de la vida de Andrés expurgados de un manual de remedios medicinales con el relato en primera persona de Miguel, hasta que el cataclismo que él mismo anuncia termina de romper su modesto refugio de rutinas. Novela galardonada con el Premio Círculo de Lectores de Novela 2014, cuyo jurado está compuesto exclusivamente por lectores.
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