La extraordinaria historia de Elie Cohen, espía israelí ejecutado en Damasco el diecinueve de mayo de 1965. Nacido en Alejandría en 1924, Cohen se convirtió en una de las figuras más legendarias de la historia de inteligencia,…
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La extraordinaria historia de Elie Cohen, espía israelí ejecutado en Damasco el diecinueve de mayo de 1965. Nacido en Alejandría en 1924, Cohen se convirtió en una de las figuras más legendarias de la historia de inteligencia, infiltrándose en Siria durante años y burlando a los servicios secretos militares. Su última noche, su juventud en Egipto, y el precio supremo que pagó por servir a Israel son el corazón de esta epopeya de valor, secretos y tragedia.
Elie Cohen nació en Alejandría en 1924, en el seno de una familia judía oriental de origen sirio. Fue un estudiante distinguido desde su infancia, dominando el hebreo, el árabe y el francés con una precisión poco común. Mientras sus compañeros jugaban, él se perdía entre los libros de la tradición judía y la literatura árabe, forjando una identidad única que lo prepararía para su futuro extraordinario.
Durante décadas vivió como un judío egipcio más, pero su vocación lo llevaría a territorios peligrosos. Se convirtió en espía del Mossad, la agencia de inteligencia israelí. A principios de los años sesenta, Cohen fue infiltrado en Damasco con una misión que parecía imposible: obtener información de la junta militar siria que dirigía el país con puño de hierro.
Lo que sucedió después perteneció al ámbito de lo legendario. Durante varios años, Cohen vivió una doble vida de consumada perfección, enviando informes cruciales a Israel que moldearían los desarrollos estratégicos en Oriente Medio. Burló la vigilancia de los servicios secretos sirios una y otra vez, adquiriendo una reputación casi mítica entre sus colegas israelíes y entre sus perseguidores, quienes lo veían como un hombre dotado de facultades sobrehumanas.
Pero toda leyenda tiene un final. El dieciocho de mayo de 1965, Cohen fue capturado. Cien días de tortura y aislamiento absoluto precedieron a su última noche. En la madrugada de su ejecución, fue llevado a la plaza de los Mártires de Damasco, flanqueado por soldados y acompañado por el anciano rabino Nissim Andabo, quien recitaba plegarias en hebreo. Cohen escribió sus últimas cartas a su esposa Nadia, pidiéndole que fuera fuerte, que no llorara, que se permitiera vivir de nuevo.
A las tres y treinta y cinco de la madrugada, ante miles de damascenos que observaban hipnotizados, Cohen ascendió al patíbulo. Rechazó el capuchón que ocultaría su rostro. Permanecería visible hasta el final, mostrando una dignidad que trasciende cualquier poder político. Su muerte marcó el término de una de las operaciones de espionaje más audaces del siglo veinte.
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