Un rayo destruye la estatua ecuestre que había convertido a Gyors de la Montagne en destino turístico, y con ella el relato medieval que el ayuntamiento había fabricado para prosperar.
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Un rayo destruye la estatua ecuestre que había convertido a Gyors de la Montagne en destino turístico, y con ella el relato medieval que el ayuntamiento había fabricado para prosperar. Semanas después, un vagabundo silencioso aparece sentado en lo alto de la columna vacía y se niega a bajar. El pueblo, incapaz de desalojarlo, decide convertirlo en símbolo. Una fábula serena sobre la fe, el espectáculo y el precio de mirar.
En Gyors de la Montagne, un pueblo de montaña que vive de un pasado inventado, todo cambia una noche de primavera. Una tormenta excepcional parte en mil pedazos la estatua ecuestre del conde Italo Rodari, el caballero medieval cuya leyenda —hilvanada años atrás por el alcalde y su asesor a partir de una canción vieja y unas crónicas convenientemente elegidas— había llenado la plaza de turistas, de postales y de camisetas. El barrendero que la descubre rota al amanecer no encuentra escombros: encuentra un vacío que no sabrá nombrar.
Mientras el municipio promete reconstruir lo irrecuperable, la columna desnuda sigue ahí, digna y absurda. Hasta que una mañana idéntica a todas las demás aparece ocupada. Un hombre enjuto, de pelo blanco y ropa raída, sentado en la postura del loto, recibe el sol a nueve metros del suelo. Nadie sabe cómo subió. Los bomberos que trepan a bajarlo vuelven desconcertados, incapaces de explicar por qué no pudieron. Las redes lo bautizan el Estilita de Gyors, y el alcalde, que acaba de ver morir un negocio, intuye que otro está naciendo.
Desde ahí la narración avanza en dos direcciones que se rozan sin tocarse. Por un lado, la maquinaria: el pleno municipal, la oposición indignada, la cámara que retransmite día y noche, la plaza cerrada como un plató, la vecina que iza la comida cada cinco días, las listas de espera de tres años y los comentaristas del mundo entero discutiendo si aquello es libertad o patología. Por otro, el hombre: su largo caminar desde las montañas del norte de la India, su desapego de todo vínculo, su decisión de dejar de mirar el mundo para contemplarlo.
Con humor seco y una prosa de frases breves que se detienen como quien respira, el libro observa la distancia entre el que calla y los que hablan por él. Es una fábula contemporánea sobre la fabricación de los mitos, sobre lo que un pueblo necesita creer para seguir existiendo y sobre la extraña posibilidad de que alguien, de verdad, no quiera nada.