Rachel Murray nunca pensó escribir sobre esto. Trabaja en Londres como redactora de un periódico para irlandeses expatriados y está embarazada de siete meses cuando, en un bar del Soho durante la retransmisión navideña de The Toy Show, un…
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Rachel Murray nunca pensó escribir sobre esto. Trabaja en Londres como redactora de un periódico para irlandeses expatriados y está embarazada de siete meses cuando, en un bar del Soho durante la retransmisión navideña de The Toy Show, un antiguo compañero de la universidad le suelta que el doctor Fred Byrne está en coma. El nombre le corta la electricidad interna. Para entenderlo hay que volver a Cork, al año 2009, a una librería en crisis y a la casa de Shandon Street donde su vida se partió en dos.
Todo empieza con un desliz en una habitación llena de nostalgia. La narradora, redactora en un diario dirigido a los irlandeses afincados en el Reino Unido, cubre una de esas veladas de expatriados que se organizan en torno a un programa infantil de televisión: adultos que jalean a niños de cinco años probando juguetes, una broma privada que solo funciona si eres de los suyos. Está en el séptimo mes de un embarazo que llegó después de un aborto, instalada en lo que ella llama una locura oceánica, incapaz de imaginarse otra vez en tierra firme. Entonces un desconocido menciona al doctor Byrne y le pregunta si sabe algo. Está en coma. Y de golpe el presente cede.
La novela retrocede a la Cork de 2009, con la crisis mordiendo por debajo de todo: la clínica dental de sus padres vaciándose porque el país ha dejado de tener motivos para sonreír, la tarjeta de crédito paterna cancelada de un día para otro, una matrícula universitaria que hay que pagarse en secreto, propietarios que aparecen ahogados en el Lee y una oleada de suicidios de empresarios que nadie parece recordar después. Detrás del mostrador de una librería donde el encargado habla del sector como de un dragón encadenado en el sótano, conoce a James Devlin. Él la confunde con otra compañera durante dos semanas, no ha salido del armario, adivina su clase social con una puntería insultante y le propone irse a vivir juntos antes de saber cómo se llama.
La amistad la coloniza a escala molecular: pierde al novio, gana una voz, se muda a una casita helada de Shandon Street construida para familias tuberculosas, con dos fogones que funcionan y un iPod donde Cher convive con los Eagles. Ese año, el año de Shandon Street, es el que no se puede explicar a quien no estuvo allí. En su centro está el seminario de literatura victoriana del doctor Byrne, sus tartaletas portuguesas todavía calientes del mercado, su vino francés, y el rumor que recorrió toda la ciudad sobre la alumna favorita.
Escrita desde la madurez, con humor seco y una honestidad que no se perdona nada —incluido un trabajo universitario en defensa del patriarcado que borró con las manos temblando—, es una historia sobre la amistad como forma de autoría: quién nos escribe cuando tenemos veinte años, qué precio tiene dejarse escribir y qué queda cuando alguien que fue decisivo se apaga sin permitirnos una última conversación.