En Morkhington Hall, una mansión inglesa cercada por una ciénaga de seis kilómetros cuadrados, sir Grattan Gallagher reúne a seis invitados durante un fin de semana para proponerles un negocio: desecar el pantano y convertirlo en tierra…
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En Morkhington Hall, una mansión inglesa cercada por una ciénaga de seis kilómetros cuadrados, sir Grattan Gallagher reúne a seis invitados durante un fin de semana para proponerles un negocio: desecar el pantano y convertirlo en tierra fértil. La velada apenas ha terminado cuando una carcajada monstruosa hace temblar los cristales de la casa y, tras ella, llega la primera muerte. Dos años después, cuando las excavadoras vacían por fin la ciénaga, el fango empieza a devolver lo que había guardado.
Todo empieza con una invitación que nadie esperaba. Seis personas —entre ellas un matrimonio acomodado, una dama independiente y varios hombres de negocios— llegan por separado a Morkhington Hall, donde un mayordomo impecable les asigna habitación y les recuerda que la cena es a las siete en punto. El anfitrión, sir Grattan Gallagher, es un hombre alto y seco, de ojos color acero y cortesía impecable, que promete explicar sus motivos durante la comida. La explicación llega de la mano de un séptimo invitado, el ingeniero Clive Kilmaur: sir Grattan quiere formar una sociedad para desecar la ciénaga vecina y transformar seis kilómetros de tierras anegadas e insalubres en una hacienda productiva.
Antes de esa propuesta, sin embargo, ya se ha nombrado la otra herencia de la casa. Un retrato del siglo XVII preside el salón: el de un antepasado que, según la tradición local, desapareció en el pantano empujado por sus propios herederos y que desde entonces ríe, invisible, cada vez que anuncia una muerte. El anfitrión lo cuenta con la sonrisa condescendiente de quien no cree en leyendas y llama a esa presencia por su nombre: el Fantasma Burlón. Esa misma noche, cuando la casa ya duerme, la carcajada suena de verdad, recorriendo pasillos y habitaciones, y a continuación un alarido breve deja a uno de los huéspedes muerto en su cama. Casi al mismo tiempo, una puerta se cierra de golpe en la parte trasera y una silueta corre hacia el agua negra.
La segunda parte del relato transcurre dos años después. La ciénaga vuelve a ser un proyecto de ingeniería, financiado ahora por un comprador que se comunica solo por carta y cuya representante, una joven que supervisa las obras en nombre de su padre, se convierte en la interlocutora del ingeniero. Cuando la brecha abierta por la excavadora deja escapar el agua, el lecho descubierto entrega un esqueleto y unos objetos metálicos que no encajan en ninguna versión aceptada de aquella noche. Lo que parecía cerrado por un certificado médico y un tribunal de encuesta vuelve a abrirse, y con ello reaparecen las viejas historias de la casa: un matrimonio infeliz, una mujer que se dejó tragar por el pantano, un heredero lejano y unos invitados que quizá tenían más en común de lo que confesaron.
Lejos de Morkhington Hall, en un piso de Londres, uno de aquellos huéspedes escucha de nuevo la risa. Es la misma que sonó dos años antes, y esta vez no llega sola. A partir de ahí, la novela avanza como lo que es: una intriga clásica de mansión, niebla y sospecha, donde la superstición y el cálculo frío se disputan la explicación de cada muerte, y donde desecar una ciénaga resulta ser también una forma de exhumar un secreto.
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