Viuda joven, con dos hijos y una renta escasa, Lucy Muir decide por primera vez elegir su propia vida: deja la ciudad donde todos la compadecen y busca casa junto al mar.
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Viuda joven, con dos hijos y una renta escasa, Lucy Muir decide por primera vez elegir su propia vida: deja la ciudad donde todos la compadecen y busca casa junto al mar. Allí se enamora de Gull Cottage, una casita de piedra gris frente al acantilado que se alquila por una miseria y que ningún inquilino soporta más de un día. El agente inmobiliario hace lo posible por disuadirla; el retrato de un capitán de barco parece guiñarle un ojo. Lucy pide una noche de prueba y se lleva escoba, jabón y a Martha, su antigua cocinera.
Todos en Whitchester la llaman «la pequeña señora Muir» y, desde que enviudó, «la pobre pequeña señora Muir». El diminutivo lo dice todo: en sus años de casada, Lucy no eligió casi nada. Su suegra le administraba tónicos y franelas; sus cuñadas, los clubes de bádminton, los coros y los círculos literarios; su marido, un arquitecto correcto y sin genio, se quedó con las horas restantes y hasta con sus noches. Ahora, con dos hijos, una pensión corta y un coro de parientes que ya ha decidido por ella —pisos de tres habitaciones, sombrererías, escuelas de beneficencia para los niños—, una mañana de marzo se despierta con el sol en la cara y toma la primera decisión enteramente suya: marcharse.
En la ventanilla de la estación pide billete «al mar» y acaba en Whitecliff, un pueblo costero de paseo marítimo, quiosco de música y acantilados blancos. Allí un agente inmobiliario incómodo, el señor Coombe, le lee de carrerilla una ficha imposible: casa amueblada, tres dormitorios, vista al mar, cincuenta y dos libras al año. Todo en él dice que no la vea; todo en ella insiste en verla. Gull Cottage, de piedra gris y venecianas azules desvaídas, está sepultada bajo el polvo, con un desayuno sin freír abandonado en la cocina, un telescopio impecablemente limpio en el dormitorio principal y, sobre la chimenea, el retrato mal pintado de un capitán de barco cuyos ojos azules tienen más vida que el cuadro entero. La casa está encantada, y su fantasma, el difunto capitán Daniel Gregg, ha ido expulsando a todos los inquilinos en menos de un día.
Lucy no se asusta: negocia. Pide una noche de prueba y regresa con Martha, la única criada que eligió ella misma, cockney, práctica y con una incredulidad a prueba de aparecidos.
Lo que sigue es una comedia doméstica de tono ligero y observación precisa, escrita con humor seco y una ternura sin azúcar. La independencia de Lucy se mide en cosas pequeñas: un hornillo encendido, unas cortinas acortadas, una pared que por fin decide ella de qué color será. Y el fantasma, más socarrón que temible, resulta menos un obstáculo que un aliado inesperado. De ese pulso entre una mujer decidida a gobernar su propia vida y un capitán que se niega a quedarse muerto nace una historia sobre la libertad, la compañía y un afecto que no acepta las fronteras habituales: ni las del decoro ni las que separan a los vivos de quienes ya no lo están.
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