El faro cósmico lleva la novela de anticipación al escenario más cerrado posible: una torre de treinta metros clavada en pleno mar, dos guardianes y una rutina de relevos que se repite mes tras mes.
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El faro cósmico lleva la novela de anticipación al escenario más cerrado posible: una torre de treinta metros clavada en pleno mar, dos guardianes y una rutina de relevos que se repite mes tras mes. El 31 de diciembre, la lancha del servicio encuentra a un hombre muerto al pie de la escalera y al otro desaparecido, sin más rastro que un cuaderno escolar dejado sobre la mesa de guardia. Ese diario cuenta cómo el faro empezó a vibrar en silencio y cómo esa vibración fue afinándose, día tras día, hasta parecerse a una voz. Claudio Yelnick construye una novela casi costumbrista que deriva, sin ruptura, hacia el contacto con lo desconocido.
La novela se abre con la crónica de un enviado especial que estuvo por azar a bordo de la embarcación del relevo. Su reportaje sobre la vida de los fareros se convirtió, aquel 31 de diciembre, en el relato de un hallazgo: la puerta entreabierta, un cuerpo tendido sobre la rosa de los vientos del embaldosado y, en los pisos superiores, ni rastro del segundo guardián. El faro, sin embargo, había funcionado puntualmente cada noche desde el relevo anterior, y no es automático. Ninguna de las hipótesis razonables —el accidente, la huida a nado, el asalto desde un barco— explica a la vez la muerte y la desaparición. Lo único que queda es un cuaderno de escuela hallado sobre la mesa de guardia, escrito por el desaparecido salvo en su tramo final, redactado por otra mano.
Ese cuaderno ocupa el cuerpo del libro. Lo firma un hombre que se resiste a llamarlo diario y que insiste en presentarse como testigo cuerdo antes que como protagonista: un funcionario del servicio de faros al que sus compañeros llaman «capitán», torpe para la pesca y para casi todo lo práctico, voluntario para el mar abierto por razones que los demás no acaban de entender. Frente a él, Jerónimo, joven, incansable, constructor de fragatas en miniatura que siempre llevan el nombre de su mujer, y que espera su destino en un faro de tierra firme. El relato dedica sus primeras páginas a esa convivencia menuda —las guardias partidas a medianoche, el infiernillo prohibido, la biblioteca deshecha, el pañuelo que se agita desde la costa a mediodía— y de ahí extrae su verosimilitud.
El 17 de diciembre, veinticuatro horas después de su llegada, la torre empieza a vibrar. No son las sacudidas del viento, sino un temblor sostenido y sin sonido propio, que recorre los objetos uno a uno, los hace resonar y los abandona. Jerónimo le pone enseguida el nombre del folclore local, el «Ankou», la muerte que ronda; el narrador, que no cree en presagios pero tampoco encuentra explicación, termina adoptando la palabra como una tregua entre ambos. Después el fenómeno cambia de registro: un zumbido grave, una nota que suena sola en la armónica, un mar en calma que se convierte de golpe en temporal.
Lo que se insinúa es un ensayo metódico. Algo prueba sobre esos dos hombres toda la escala de las vibraciones, del sonido a lo electromagnético, buscando a cuál de ellas responden. La luz artificiosamente intermitente del faro, puesto avanzado de la tierra sobre el mar, funciona aquí como frontera entre el mundo de la materia y otro hecho de energía, cuyos habitantes observan, vigilan y acaban acechando. Cuando la comunicación se establece, llega también la tentación de un universo desconocido, y no todos los que la reciben reaccionan igual. El mérito del libro está en ese entrelazamiento: una novela de costumbres marineras y una fantasía científica muy avanzada sostenidas por la misma voz, sin que ninguna de las dos ceda ante la otra.
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