Un hermano espiritual solicita al autor que comparta los secretos de la sabiduría iluminativa. La pregunta desencadena en él una experiencia mística tan profunda que no puede guardarla en silencio, a pesar de su carácter inefable.
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Un hermano espiritual solicita al autor que comparta los secretos de la sabiduría iluminativa. La pregunta desencadena en él una experiencia mística tan profunda que no puede guardarla en silencio, a pesar de su carácter inefable. El prólogo revela entonces una reflexión sobre la naturaleza del éxtasis: cómo se distingue de la percepción racional, cómo fue experimentado por maestros como Avicena y Avempace, y por qué aquello que pertenece a un orden sobrenatural resiste toda descripción directa y lingüística.
Un hermano espiritual pide al autor que le revele los secretos de la sabiduría iluminativa mencionada por Avicena. Lo que comienza como una solicitud de conocimiento intelectual se transforma en algo inesperado: la pregunta misma lo conduce a experimentar un estado místico de tal magnitud que no puede guardarlo en silencio, arrebatado por la emoción y la alegría que lo domina.
El prólogo se desplega como una meditación profunda sobre la naturaleza del éxtasis y la brecha insalvable entre el conocimiento especulativo y la experiencia mística directa. El autor examina cómo grandes pensadores islámicos han descrito esta experiencia: Avicena la retrató como destellos fugaces de luz que eventualmente se hacen permanentes, transformándose en una visión constante; Avempace la identificó con un estado donde el alma alcanza creencias inmateriales, demasiado nobles para la vida física.
Lo que pertenece a un orden completamente distinto no puede transmitirse mediante palabras o letras. Cuando se reviste con sonidos y símbolos, pierde su naturaleza esencial. El autor lo ilustra con la metáfora de un ciego de nacimiento que, al recibir la vista, descubre que nada es esencialmente distinto de lo que imaginaba, salvo en una claridad y un placer infinitamente más profundos. La experiencia mística no añade nuevos objetos al conocimiento, sino que transforma radicalmente la manera de percibirlos.
El prólogo recorre también el estado de estos conocimientos en al-Ándalus. Los filósofos antiguos se dedicaron solo a matemáticas; generaciones posteriores avanzaron en lógica, hasta que Avempace llegó con una especulación más fina. Sin embargo, incluso sus obras quedaron incompletas, arrebatadas por la muerte antes de que pudiera comunicar sus tesoros de sabiduría.
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