Bill, veterano involuntario de la Armada Imperial y dueño de un baúl repleto de pies artificiales, es reclutado a la fuerza por el capitán Kadaffi para una misión suicida.
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Bill, veterano involuntario de la Armada Imperial y dueño de un baúl repleto de pies artificiales, es reclutado a la fuerza por el capitán Kadaffi para una misión suicida. Lanzado sobre un campo de batalla sin control de sus propias armas, decide que su oficial es más peligroso que el enemigo y se deshace de todo —armadura incluida— hasta quedar flotando en calzoncillos sobre la guerra. Cierre satírico de la saga galáctica de Bill.
Todo empieza con un arcón de pie de cama que no guarda mantas, sino pies: pies de bota reglamentaria, de zapatilla deportiva, de babucha de acero, de animales improbables, de coches y naves; cualquier cosa menos un pie humano. Son los repuestos de Bill, soldado raso del Imperio, que perdió el original en un planeta mortal y desde entonces arrastra el perno del tobillo como quien arrastra una carrera militar: sin haberla elegido y sin poder devolverla.
La noche en que Bill busca el pie más favorecedor para un permiso —una ciudad al otro lado de la valla, donde se rumorea que hay bares y mujeres que no visten de oliváceo— llega en su lugar el capitán Kadaffi, oficial condecorado por su costumbre de permanecer en la batalla hasta que muere el último recluta, escoltado por seis guardaespaldas armadas. Pide voluntarios; nadie se ofrece; todos quedan alistados. Bill se calza el pie del ejército suizo, un prodigio de ingeniería con cuchillo envenenado, miniláser, dispensador de preservativos, salsa picante y un manual que nunca leyó, y marcha hacia la armería, donde el traje blindado no admite semejante apéndice hasta que una guardaespaldas resuelve el problema recortando el traje a navaja láser.
El detalle que define la misión llega cuando Bill prueba sus armas apuntando discretamente al pecho del capitán y no ocurre nada: Kadaffi controla por mando a distancia los fusiles, las radios y los dispositivos antigravedad de toda la tropa. Nada dispara hasta que él lo autorice. Por haber demostrado iniciativa, Bill recibe el honor de encabezar el asalto.
El transporte los descarga en caída libre sobre un planeta en guerra, con las armas aún inertes y la antigravedad apagada por olvido burocrático. Mientras cae, Bill hace sus cuentas y llega a la única conclusión sensata de la novela: entre un ejército entero que quiere matarlo y un solo oficial que también quiere matarlo, el oficial es el más peligroso. Corta con unos alicates plegables la antena del localizador y se borra del mapa de su propio bando. Después se aligera por etapas —munición, granadas, guantes, mochila, pantalones blindados— hasta quedar suspendido en ropa interior, sostenido por el arnés antigravedad, contemplando desde arriba una batalla que por primera vez entiende: flechas rojas que avanzan y retroceden sin ganar terreno, un rectángulo verde enemigo, formaciones diseñadas para quedar bien en las fotografías de reconocimiento que la comandancia envía al emperador.
El armisticio dura poco. El mando a distancia se activa y los trajes —con o sin ocupante vivo dentro— ascienden hacia la nave para ser limpiados y reutilizados; Bill, sin lastre, sale disparado hacia la estratosfera, congelándose, dejando una estela de cristales de hielo y ejecutando con esmero profesional el repertorio completo del gemido militar, desde el «no quiero morir» hasta el «mamá». Al borde del espacio, ya sin aire ni sensibilidad en las manos, cree alucinar cuando una enorme silueta negra aparece sobre él.
Esta es la entrega final de las aventuras de Bill, y su humor procede de una simetría implacable: el ejército no distingue entre el soldado y el equipo que lo viste, salvo en que el equipo cuesta más caro. Las armas son de fabricación familiar, los uniformes se heredan con el sudor del muerto anterior, el heroísmo se administra por control remoto desde primera clase y la única táctica que funciona de verdad es desprenderse de todo lo que el Imperio te ha dado encima.
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