En un pueblo pequeño donde todo parece apacible, un psiquiatra atrapado entre el odio de su mujer y el de su hermana inválida acepta el trato imposible que le propone un interno con el cráneo marcado por el fuego: libertad a cambio de…
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En un pueblo pequeño donde todo parece apacible, un psiquiatra atrapado entre el odio de su mujer y el de su hermana inválida acepta el trato imposible que le propone un interno con el cráneo marcado por el fuego: libertad a cambio de muertes. Una novela breve de terror criminal, seca y desasosegante, donde la locura clínica y la ambición doméstica acaban siendo indistinguibles.
Montgomery Finters no ha cumplido aún los treinta años y ya dirige el sanatorio psiquiátrico de Santa Margot, una mole de muros altísimos plantada a milla y media de la pequeña localidad de Barttard. El cargo le da respetabilidad y un sueldo, pero no le da aire: en su propia casa conviven dos mujeres que le detestan sin disimulo. Magnolia, la esposa con la que hace tiempo que sólo comparte techo, y Jennie, la hermana que perdió el uso de las piernas en un accidente al que llegó huyendo de una separación que él mismo compró con dinero. El rencor de ambas es una presencia física en las habitaciones, algo que crece día tras día y que ni el tiempo ni las explicaciones logran reducir.
La salida que Montgomery imagina tiene nombre —Verónica— y un precio que no puede pagar. Dos tíos ancianos y riquísimos, Donald y Gregory, lo han nombrado heredero junto a Jennie, pero se niegan a adelantar una sola libra mientras respiren, y ambos gozan de una salud exasperante. Verónica, por su parte, acaba de darle un ultimátum de cuarenta y ocho horas. El relato instala así una aritmética siniestra: todo lo que el protagonista desea depende de que ciertas personas dejen de estar vivas.
Entonces habla el paciente de la sala séptima. Jonathan Ratott sobrevivió a un incendio en un almacén de alquitrán que le abrasó la cabeza; los informes clínicos sostienen que su masa encefálica quedó destruida y que, en rigor, no debería seguir vivo. Una enfermera insiste en que no está loco. Cuando por fin lo recibe en su despacho, Ratott demuestra saber lo que nadie sabe —incluido el nombre de la amante— y le propone un negocio de una sencillez atroz: que le facilite la fuga y él se encargará de los tíos y de la esposa, a cambio de treinta mil libras. Si lo atrapan, alega, no perderá nada: está loco, y sólo lo devolverán al manicomio. Finters cede.
La fuga desencadena la segunda mitad del mecanismo. Harry Benmore, un periodista al que su director ha encargado una serie de artículos sobre la actriz en ciernes Maggy Evans, consigue subirla a su coche camino de Barttard sin confesarle su oficio: la muchacha viaja a visitar a una amiga de colegio que resulta ser Jennie. Una tormenta los detiene en la carretera y Maggy, mirando hacia una ventana iluminada, describe con detalle un crimen que no puede estar viendo: un anciano, un asesino de cráneo rapado y lleno de cicatrices, un hacha. La escena que el lector acaba de presenciar por dentro. Lo que encuentran al empujar la puerta entreabierta confirma que la muchacha no ha visto visiones, y que el asesino ha dejado un mensaje escrito sobre una caja de cartón anunciando tres muertes más.
A partir de ahí la novela avanza sobre dos filos. Uno es el del pacto: Finters ha comprado una libertad que ya no controla, y su única condición —que no toquen a Jennie— parece el último resto de decencia de un hombre que ha decidido comerciar con vidas. El otro es el del don incómodo de Maggy y la curiosidad profesional de Benmore, que se acercan al horror desde fuera y sin sospechar hasta qué punto van a quedar dentro. Entre ambos se sostiene la pregunta que el texto no resuelve pronto: qué es exactamente Jonathan Ratott, y de dónde saca lo que sabe un hombre a quien el fuego dejó, según los médicos, sin cerebro con el que pensarlo.
Escrita con la eficacia de la novela popular de terror —capítulos cortos, diálogo tenso, un uso muy físico de lo macabro—, la obra funciona también como un retrato de la mezquindad doméstica: el mal no llega de fuera a un hogar inocente, sino que encuentra en él a un cómplice que llevaba años esperándolo.
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