Un profesor de ciencias políticas que desprecia el fanatismo se ve arrastrado a la órbita de un movimiento llamado Heraldos de Paz cuando interviene para salvar a una predicadora de una turba que la apedrea en plena carretera.
Descargar
Un profesor de ciencias políticas que desprecia el fanatismo se ve arrastrado a la órbita de un movimiento llamado Heraldos de Paz cuando interviene para salvar a una predicadora de una turba que la apedrea en plena carretera. Su denuncia pública lo convierte, sin quererlo, en el último refugio de un fugitivo sin nombre que asegura haber visto algo indecible en el cuartel general de la secta.
Jeff Munro conduce por caminos secundarios porque detesta las autopistas y todo lo que uniformiza el paisaje. Profesor asociado de ciencias políticas, hombre de estatura media y opiniones inflexibles, ha construido su prestigio sobre una convicción sencilla: una idea que merece sostenerse merece también gritarse. Ese hábito de hablar en voz alta es, al comienzo del relato, apenas un rasgo de carácter; hacia el final se habrá revelado como una condena.
El viaje se interrumpe al entrar en el pueblo de Bolin, donde una pancarta anuncia una conferencia de los Heraldos de Paz y una multitud bloquea la calzada. Jeff descubre en el centro del tumulto a una mujer de mediana edad, ensangrentada, acorralada por vecinos con los bolsillos llenos de piedras y con el sheriff encabezando la turba. Se interpone con el cuerpo, negocia unos segundos de tregua con pura fuerza de voz, y los pierde cuando la propia víctima se niega a callar y sigue llamando pecadores y comunistas a quienes la rodean. La huida —a golpes, cargándola al hombro entre mostradores de un almacén y de vuelta al coche— es el primer precio que paga por una causa que no es la suya.
En el asiento trasero lo espera Lucille McBreen, hija de la mujer, que escapó por una puerta y contempló todo sin intervenir porque estaba segura de que Dios protegería a su madre. La conversación que sigue es el verdadero corazón del episodio: ella justifica la violencia como consecuencia natural de la verdad, habla de especialistas, psicólogos y propagandistas esperando en un lugar llamado Wornegon, y menciona de pasada que el movimiento se interesa por los hombres influyentes. Jeff la deja en la clínica del pueblo siguiente convencido de que quiere olvidar el asunto.
No lo consigue. Su artículo contra los Heraldos —una acusación frontal contra una hermandad que divide a los hombres en nombre de la paz— alarma a su amigo Cory Bennett, que le advierte que este no es un adversario con el que se pueda jugar. La advertencia se materializa en el mismo instante: un desconocido exhausto, cubierto de barro, lo aborda en el campus. No da su nombre, dice que lo ha dejado atrás porque los nombres son peligrosos, y lo eligió a él precisamente por lo que escribió. En el despacho, entre toses y frases desarticuladas, cuenta lo que vio en Wornegon: personas que entran de un modo y salen convertidas en otra cosa, un toque de queda, un resplandor inexplicable al otro lado del arroyo, un vigilante llamado Rogers, dos figuras diminutas que huyeron al ser descubiertas, y una palabra iluminada en la pared de un cubículo de iniciación que lo hizo escapar corriendo. Lleva cuatro días huyendo y solo pide una cosa: que alguien más conozca los hechos por si lo matan.
Jeff no le cree. Piensa que tiene delante a un lunático agotado, y se descubre despreciándose por ello, porque la compasión llega antes que la convicción. Le ofrece un hotel, comida, sueño y la promesa del FBI por la mañana, sabiendo que está traicionando la confianza de un hombre que llora y que vigila el retrovisor esperando un coche azul. Sobre esa mezcla de piedad y escepticismo —y sobre la sospecha de que negarse a mirar no es lo mismo que estar a salvo— se cierra el tramo inicial de una historia en la que el fanatismo organizado parece esconder algo bastante menos humano que el fervor.