Testimonio de Jorge Masetti, hijo del fundador de Prensa Latina y criado en La Habana como heredero de una épica revolucionaria que terminó devorándolo.
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Testimonio de Jorge Masetti, hijo del fundador de Prensa Latina y criado en La Habana como heredero de una épica revolucionaria que terminó devorándolo. El arresto y fusilamiento de su suegro, el coronel Tony de la Guardia, en junio de 1989, parte su vida en dos y lo obliga a contar lo que la ley de los corsarios manda callar.
«Nací en Argentina. Crecí en Cuba. Hoy vivo en París.» Con esas tres líneas resume Jorge Masetti una biografía que atraviesa treinta años de historia latinoamericana desde dentro del aparato que la fabricó. Hijo de Ricardo Masetti —fundador de Prensa Latina, desaparecido en el monte de Salta al frente de la primera guerrilla concebida por el Che para el continente—, el autor llegó a La Habana con tres años y creció bajo una tutela que era a la vez privilegio y condena: la de ser «el hijo de Masetti», un apellido convertido en nombre de aulas escolares y en vara con la que medirle cada mala nota.
El relato arranca por el final. En junio de 1989, recién regresado de Angola, Masetti recibe de su jefe y suegro, el coronel Antonio de la Guardia, el encargo de montar una base de operaciones en España. Días después, un martes 13, los hermanos gemelos Tony y Patricio de la Guardia no aparecen en su propia fiesta de cumpleaños: están detenidos en Villa Marista. Entre uniformes verde olivo, condecoraciones y un retrato del Che pisoteados por el suelo de una casa registrada, un agente le pregunta si acaso no confía en la revolución. La pregunta organiza todo el libro.
Desde ahí, Masetti retrocede a la tarde de 1965 en que el comandante Piñeiro le anunció la muerte de su padre y le abolió la infancia de un golpe; al internamiento psiquiátrico de su madre y las visitas autorizadas tres veces por semana; al regreso adolescente a un Buenos Aires de librerías, cafés y poses de rufián melancólico en la calle Corrientes; y a los años de misiones clandestinas bajo identidad falsa que hicieron de él lo que llama un corsario: alguien que cree en una causa y en un monarca que lo utiliza, y que está condenado desde el principio a morir solo y sin historia.
El prólogo de Elizabeth Burgos, que acogió a Masetti y a su esposa Ileana de la Guardia tras la fuga de México y el paso por Sevilla, reconstruye la trastienda del libro: la depresión del recién exiliado, la portada de prensa que hizo insostenible su estancia en España, la escritura como catarsis. Porque de eso trata finalmente este itinerario: del trabajo lento de descender del pedestal heroico, desprenderse de una doble paternidad mítica —la del padre guerrillero y la del Che— y recuperar los afectos truncos, incluidos los hijos abandonados por la causa. «La verdadera traición sería guardar silencio», escribe. Este libro es el modo en que decidió no cometerla.
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