En su última noche como superintendente de Scotland Yard, Johnny Macall cambia la placa por una tarjeta de investigador privado: es el único modo de retomar el caso que nunca le dejaron abrir, la denuncia de chantaje de un aristócrata…
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En su última noche como superintendente de Scotland Yard, Johnny Macall cambia la placa por una tarjeta de investigador privado: es el único modo de retomar el caso que nunca le dejaron abrir, la denuncia de chantaje de un aristócrata londinense que el Fiscal General mandó cerrar. Antes del amanecer ya lo sigue una desconocida y lo espera en su propio despacho un hombre enorme con una pistola. Primera entrega de la serie de Johnny Macall.
Londres, comienzos de los años cincuenta. Faltan cinco horas para la medianoche y Macall se pelea frente al espejo con una corbata blanca de quince años: esa noche es el invitado de honor de una cena de despedida y, al dar las doce, dejará de ser superintendente de Scotland Yard para convertirse en lo que anuncian sus tarjetas nuevas, «Investigador Privado», impreso abajo y en letra muy pequeña. La renuncia no es cansancio ni capricho: es el único procedimiento que se le ocurre para volver sobre el expediente que su carrera dejó pendiente, un caso que ni siquiera llegó a abrirse porque el Fiscal General decidió que allí no había nada que investigar.
El aviso llega antes que el primer cliente. Entre discursos amables y bromas de colegas, un subcomisario lo acompaña unas yardas por la calle y le explica, con una voz muy distinta a la del brindis, que el asunto está cerrado para siempre y que, fuera del reglamento, cualquiera puede acabar en un mal paso. De regreso, Macall comprueba que una mujer joven lo viene siguiendo desde el hotel, y que en su despacho —un cuarto, una cama, tres archivos llenos de aire— lo espera un desconocido descomunal, instalado en su sillón, con una sonrisa que no mejora nunca y la mano derecha metida en el bolsillo. La advertencia que le deja es sencilla: hay maridos y esposas que pagan por vigilarse entre sí, y de eso puede vivir sin molestar a nadie; de lo demás conviene apartarse, si le gustan las cosas buenas de la vida.
A la mañana siguiente, con mil dos libras en el banco y una cerradura recién cambiada, el detective empieza por donde debió empezar años atrás: la casa de Green Street, un mayordomo con instrucciones de no dejarlo pasar y sir Charles, aristócrata próspero y jugador empedernido que alguna vez se sentó ante el Fiscal General para denunciar que alguien ponía en duda la legitimidad de su hijo y, con ello, el buen nombre de su esposa. Alrededor se mueven una camarera, un chantajista de malos antecedentes y la mujer que lo acompaña.
Relato policial en primera persona, de tono irónico y observación minuciosa, donde el suspenso nace menos del disparo que de la presión de quienes prefieren que nadie averigüe nada. Primer título de la serie protagonizada por Johnny Macall, publicado en 1953 y traducido al español para la Biblioteca Oro.
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