Un veterano de la Revolución llega a Guadalajara vestido de harapos, convencido de ser general de división y reclamando un sueldo que nadie le pagará. La ciudad lo bautiza «General Hilachas» y lo convierte en blanco de burlas infantiles.
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Un veterano de la Revolución llega a Guadalajara vestido de harapos, convencido de ser general de división y reclamando un sueldo que nadie le pagará. La ciudad lo bautiza «General Hilachas» y lo convierte en blanco de burlas infantiles. Entre rezos nocturnos en Santa Teresa, un amor callado por la muchacha que le regala pozole y un abogado pobre que pelea por él, esta novela breve retrata la dignidad terca de quien no tiene nada salvo su grado imaginario.
Un hombre sin nombre entra a Guadalajara por la garita de Tlaquepaque marchando al paso militar y dando órdenes a ejércitos que solo él ve. Dice ser general de división, exige el sueldo que le corresponde y anuncia que viene a defender la ciudad. Viste hilachos que imitan un uniforme, se enrosca cordones a modo de polainas y corona su figura con una gorra de trapos tan alta que parece francesa. La calle lo rebautiza sin piedad: General Hilachas.
Antes de eso hubo una madre que le echaba maíz quebrado a cuatro gallinas mientras le dictaba un decálogo de pobre —defiéndete, no robas, no te arrodilles ante nadie salvo ante Dios, persigue a la justicia como la luna persigue al sol— y hubo Zacatecas, cuya matanza le dejó la cabeza inservible y lo expulsó de las filas de Villa sin haber pasado nunca de soldado raso.
La novela sigue su rutina jaliscience de los primeros años treinta: la ciudad de calles empedradas, panaderos de las cinco, lecheros de cántaro y noviazgos hablados a través de una reja. Cada tarde, al repique de Santa Teresa, el vagabundo entra al templo y reza a su manera, un monólogo que mezcla partes de guerra, gratitud por no haber nacido burro ni zopilote, encargos para Villa y Felipe Ángeles, y una petición íntima: que Cuca Solís, la muchacha del puesto de pozole, lo quiera. Ella le sirve por compasión; él lo entiende como amor y guarda el secreto entero.
El equilibrio se rompe una tarde de febrero de 1935. Seis alumnos ensayan un himno que celebra a un general; el harapiento cree que el homenaje es suyo y se cuadra frente a la ventana. Una burla, una piedra bien lanzada y un muchacho herido bastan para volcar al barrio contra él. Vienen el calabozo húmedo, el plato de frijoles que él atribuye a su amada, el testimonio deshilvanado de un burrero y los alegatos del abogado Gómez, que discute con el comisario si el lugar de este hombre es la cárcel o el manicomio —y quién, en toda la ciudad, estaría dispuesto a pagar por su suerte.
Escrita en un castellano de sabor local, con diálogo popular y una ironía que nunca se vuelve crueldad, la obra pregunta quién está realmente loco: el que dirige tropas invisibles o el mundo que lo apedrea.
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