Lariño, 1891. La última tarde de infancia de Violeta Saramago termina con sangre en las piernas y una certeza incómoda: algo ha cambiado para siempre.
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Lariño, 1891. La última tarde de infancia de Violeta Saramago termina con sangre en las piernas y una certeza incómoda: algo ha cambiado para siempre. Mientras la hija mayor del médico del pueblo se resiste a convertirse en la señorita que su madre espera, su padre sostiene, monte arriba, una segunda vida hecha de silencios: una amante mestiza, un hijo no reconocido y una decisión que empujará a ambos hacia un barco rumbo a América. Novela de sagas familiares, secretos heredados y mareas que no perdonan, entre la Costa da Morte y los cafetales andinos.
En el verano de 1891, la playa de Lariño todavía pertenece a los niños. Violeta Saramago, once años recién cumplidos, corre con su hermano Andrés y sus amigos Inés y Juan esquivando olas hasta que la marea les recorta la arena y los obliga a huir hacia el faro. Esa tarde, sin embargo, la carrera acaba de otro modo: la primera menstruación llega como un accidente, casi como una herida, y Violeta entiende antes que nadie que la infancia ha empezado a retirarse igual que el mar.
Su padre, Odilo Saramago, es el médico de cuatro pueblos y dos aldeas, un hombre ilustrado y querido que atiende a los más pobres, se afilia al socialismo tras escuchar a Pablo Iglesias en Vigo y se lamenta del atraso de una Galicia que se desangra por la emigración. También es, desde hace años, el visitante mensual de una choza en el monte O Pindo, donde viven la meiga Trinidad y su hija India. Lo que él creía un pacto discreto entre tres adultos se revela como otra cosa cuando India queda embarazada: hierbas, bebedizos y las virtudes fecundantes de la pedra Os Cadrís han torcido deliberadamente sus precauciones. El doctor propone primero interrumpir la gestación; después, incapaz de asumir el escándalo, negocia un destierro elegante: el hermano mayor, Eliodoro, indiano y dueño de plantaciones de café en el Cauca, dará trabajo a India y cobijo a un niño que nunca sabrá de quién es hijo.
Cinco años tarda Odilo en cumplir su propia sentencia. Cuando por fin entrega la carpeta con documentos, instrucciones y dinero, se descubre encarnando aquello que denuncia en las tertulias: el desarraigo forzoso, el salto al mar a ciegas. Poco después lleva a su familia de excursión al puerto de Vigo —el mismo muelle del que no tuvo valor de despedirse— y escucha a Violeta prometerse a sí misma que algún día cruzará el océano en un barco como el Shangai.
La novela avanza sobre esa ironía. Una niña brava que prefiere mariscar descalza con las mujeres del pueblo antes que llevar lazos y bucles; un padre cartesiano que evita los dilemas morales hasta que le estallan en el estómago; dos mujeres pobres que usan la única arma que tienen; y un país que exporta a sus jóvenes mientras Europa se industrializa. Entre el Atlántico frío y la cordillera que Violeta dibujó de niña como una herida abierta, se anuncia una historia de sangres repartidas, promesas hechas a medias y travesías que ningún pacto podrá contener.
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