En una brumosa mañana londinense, la casera Drabdump descubre que su inquilino, Arthur Constant—un filántropo dedicado a la causa obrera—no responde.
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En una brumosa mañana londinense, la casera Drabdump descubre que su inquilino, Arthur Constant—un filántropo dedicado a la causa obrera—no responde. Tras golpear repetidamente su puerta sin éxito, alarmada busca al detective retirado Grodman. Juntos descubren una verdad terrorífica tras la puerta cerrada: Constant yace muerto. ¿Fue suicidio como proclaman los periódicos, o existe un misterio más oscuro?
Bajo una espesa niebla gris que envuelve las calles de Londres como un sudario, la mañana transcurre con pesadez en el número 11 de Glover Street, en el distrito de Bow. La señora Drabdump, una viuda de carácter hosco cuya vida ha sido consumida por múltiples tragedias, despierta más tarde de lo acostumbrado. Su nuevo inquilino, Arthur Constant, le había solicitado que lo despertara a una hora extraordinaria para asistir a una importante reunión de trabajadores del tranvía. Arthur Constant es un hombre singular: caballero educado, licenciado, dedicado fervientemente a la causa de las clases trabajadoras. Vive deliberadamente como los obreros que defiende, rechazando comodidades, limpiando sus propias botas, asistiendo a manifestaciones y conferencias en defensa de quienes luchan por mejores condiciones laborales. Cuando la casera toca a su puerta, no obtiene respuesta alguna. Intenta nuevamente, gritando su nombre, pero solo escucha el eco de su propia voz en las escaleras. Las horas transcurren. A las ocho llegan cartas y un telegrama; el silencio persiste inmutable. El miedo germina en su pecho. Desesperada, la señora Drabdump corre a buscar ayuda con el detective Grodman, quien vive al otro lado de la calle. Grodman, un hombre retirado que fue renombrado policía, desciende seguro de que Constant simplemente duerme profundamente. Sin embargo, cuando golpea y obtiene solo silencio, cuando forcejea inútilmente con el picaporte, su semblante se torna serio. Con violento esfuerzo muscular, consigue derribar la puerta. El espectáculo en el dormitorio es indescriptible y terrible: Arthur Constant yace muerto. Los periódicos vespertinos publican titulares sensacionales: ‘Espantoso suicidio en Bow’. Pero este descubrimiento es apenas el primer acto de un misterio que desafiará incluso al más astuto de los detectives.
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