El último invierno de la guerra, en la cárcel de Fukuoka. Un guardia veterano aparece colgado sobre el pasillo central, desnudo, con la boca cosida con siete puntadas y un poema doblado en el bolsillo del uniforme.
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El último invierno de la guerra, en la cárcel de Fukuoka. Un guardia veterano aparece colgado sobre el pasillo central, desnudo, con la boca cosida con siete puntadas y un poema doblado en el bolsillo del uniforme. Watanabe Yuichi, soldado-guardia de diecinueve años criado entre los libros de la librería de su madre, recibe la orden de resolverlo sin avisar a la policía. Lo que encuentra no es solo un culpable: es el rastro de unos versos que alguien quiso hacer desaparecer.
La guerra ha terminado y el narrador sigue tras los mismos barrotes que antes custodiaba: ahora viste el traje rojo de preso y lleva un número estampado en el pecho. Desde esa celda reconstruye el invierno que lo convirtió en quien es, el de una investigación que empezó con una campana rompiendo el amanecer.
En la cárcel de Fukuoka, convertida en depósito de disidentes coreanos, comunistas y condenados a muerte, el cadáver de Sugiyama Dozan pende sobre el pasillo central de la tercera galería. Nadie ha entrado ni salido: la nieve caída durante la noche no muestra una sola huella. El alcaide, que considera los muros de ladrillo su territorio soberano, se niega a llamar a la Policía Especial y encarga el caso al guardia más joven e inexperto de la ronda, un antiguo estudiante de Humanidades que aprendió a leer a las personas en su caligrafía y en los márgenes de los libros de viejo.
Sugiyama era una leyenda hecha de rumores: superviviente de Nomonhan, la nariz rota, una cicatriz que le cruzaba la cara, la porra siempre a mano, temido por presos y guardias por igual. Nada en esa biografía explica la hoja arrancada del registro de correo que llevaba en el bolsillo interior, con los versos de un viaje de invierno copiados por una mano vacilante que quizá no sea la suya. Mientras busca al recluso al que el propio muerto había reventado a golpes semanas antes, y mientras una enfermera ensaya al piano un ciclo de Schubert para un concierto por la paz, el joven guardia descubre que en esa prisión las palabras circulan de forma clandestina: se censuran, se copian, se roban.
Novela de intriga y a la vez retrato moral de una ocupación, avanza por dos vías que terminan por tocarse: la de un crimen imposible y la de un vínculo improbable entre un carcelero y un poeta. El narrador no persigue únicamente a un asesino; quiere entender cómo un hombre entrenado para tachar versos acabó guardando uno junto al corazón, y por qué el peor delito del que se acusa a sí mismo no es haber golpeado, sino haber callado.
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