Golfo de Siam, 1679. Constantine Phaulkon, griego de treinta años y capitán del junco Loto Real, sobrevive por un destello de acero al puñal de un marinero malayo.
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Golfo de Siam, 1679. Constantine Phaulkon, griego de treinta años y capitán del junco Loto Real, sobrevive por un destello de acero al puñal de un marinero malayo. Bajo las balas de paño inglés que declara su manifiesto viajan cinco cañones holandeses destinados a la reina rebelde de Pattani: una carga capaz de destruir o crear un reino. Con el monzón cerrándose sobre la costa y una tripulación que conspira, Phaulkon descubre que el secreto ya no le pertenece.
Publicada en 1988 con el título original The Falcon of Siam, la novela de Axel Aylwen parte de un hecho histórico que ella misma se niega a certificar: los archivos siameses ardieron en el siglo XVIII, cuando los birmanos saquearon Ayudhya, y los testimonios que sobrevivieron —jesuitas, misioneros, aventureros— se contradicen entre sí. Sobre ese vacío documental Aylwen levanta una aventura marítima y política.
La acción arranca en el golfo de Siam en noviembre de 1679, a bordo del Loto Real, un junco de ciento veinte toneladas construido en teca. Lo manda Constantine Phaulkon, griego que se embarcó como polizón a los nueve años y llegó a ser representante de la Compañía de las Indias Orientales en Siam. Con él viajan Richard Burnaby, jefe de la factoría, obsesionado con su aspecto y con la prudencia, y Thomas Ivatt, antiguo trapecista de Yorkshire recién llegado de Londres. El manifiesto declara paño inglés bermellón; entre las balas de tela van cinco cañones fundidos en Ámsterdam, comprados por la reina de Pattani, que se ha negado a enviar a Ayudhya la flor de oro del vasallaje y espera la llegada de los elefantes de guerra.
El capítulo inicial encuentra a Phaulkon esquivando por un instante el puñal de un tripulante malayo, y el ataque no resulta ser un arrebato aislado: la tripulación insiste en recalar en Ligor, donde los holandeses tienen factoría y las autoridades podrían abrir la bodega. Mientras el monzón tardío oscurece el horizonte y el junco pierde el viento, el griego intenta averiguar quién sabe qué, sin poder prescindir de los únicos hombres capaces de gobernar el barco.
Aylwen combina el relato de contrabando con el retrato de un mundo de intermediarios: sellos ajenos, identidades prestadas, rivalidades entre ingleses y holandeses, reinos vasallos y una corte siamesa que observa. Phaulkon calcula cada movimiento —los cañones deben financiar una empresa mayor, una cita con Samuel White en el puerto de Mergui—, pero la primera jornada de navegación demuestra que también él puede ser leído por otros. La novela avanza hacia el punto en que la ambición personal se confunde con la política de un reino.
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