En el jardín del palacio de Lumos, la reina Pandora recibe noticias que la sumergen en la desesperación: el rey ha tenido un heredero varón, pero no es suyo. Infértil, marcada por el rechazo de su esposo, ella vislumbra el fin de sus días.
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En el jardín del palacio de Lumos, la reina Pandora recibe noticias que la sumergen en la desesperación: el rey ha tenido un heredero varón, pero no es suyo. Infértil, marcada por el rechazo de su esposo, ella vislumbra el fin de sus días. Sin embargo, su consejero Ciefir le ofrece un rayo de esperanza: una expedición secreta ha traído desde tierras lejanas una reliquia de poder incalculable. Cuando la reina abre la caja sellada en el interior del templo y toca la piedra negra que yace dentro, los dioses cobran vida en el mundo profano, listos para conceder los deseos que durante toda su vida les suplicó en vano.
En el palacio de Lumos, la reina Pandora vive el espanto de la infertilidad. El día que nace un heredero varón del rey Príamo, ella comprende que sus días están contados. El monarca, seducido por la belleza y el magnetismo que irradia, ha engendrado un príncipe con otra mujer. Pandora, quien fue criada desde el nacimiento para ser madre del futuro heredero y traer gloria a su casa, ahora es nada. El rechazo silencioso del rey, sus ojos negros y amenazadores, la condenan más que cualquier palabra. Solo Ciefir, su consejero de ojos azules, compasivos y leales, permanece a su lado mientras ella se desmorona.
Ciefir trae entonces una noticia que cambia todo: una expedición secreta, financiada con sus propias riquezas, ha regresado desde las nieves eternas del nuevo continente. De siete barcos que partieron, solo tres volvieron, cargados de hombres malheridos y moribundos, pero con el verdadero tesoro intacto: una piedra de poder sobrenatural, un fragmento de una roca negra y brillante que fue partida en tiempos antiguos.
La reina se dirige al templo de Eón bajo el sigilo de la noche. Allí, entre las velas parpadeantes que iluminan el altar circular, abre una caja sellada de madera aromática. En su interior descubre el fragmento de piedra, tosco en sus bordes pero pulido en su base piramidal, reflejando su rostro con claridad hipnotizadora. Cuando sus dedos tocan la superficie negra, un torbellino de polvo fino la envuelve, y tres figuras aladas se materializan ante ella: Eón con sus alas blancas y lanza dorada, Maia con rosas en su cabello y una serpiente blanca, y Moira, oscura y terrible, con alas de cuervo y ojos rojos como la sangre.
Los dioses explican que estaban atrapados en un mundo sin formas, invisibles pero presentes, escuchando todo pero incapaces de actuar. Solo los nombres que Pandora pronunció los liberaron, dándoles definición en el mundo profano. Ahora pueden alterar la realidad, cumplir los deseos por los que ella rogó durante años sin respuesta. Pero la reina se debate entre la esperanza y la confusión: ¿por qué permanecieron sordos cuando su padre agonizaba, cuando su ciudad fue invadida, cuando su madre y hermana perecieron? Los dioses le piden que olvide el pasado y le preguntan qué la aqueja ahora. Comienza así una conspiración entre lo divino y lo mortal, tejida con hilos de poder, venganza y destino.
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