Tras meses hundida en el duelo y el encierro, Lisa encuentra en el running la primera rutina capaz de devolverla a la vida y decide mudarse de Cambrils a París, donde un apartamento del Distrito 9, una vecina aficionada a las plantas y la…
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Tras meses hundida en el duelo y el encierro, Lisa encuentra en el running la primera rutina capaz de devolverla a la vida y decide mudarse de Cambrils a París, donde un apartamento del Distrito 9, una vecina aficionada a las plantas y la nieta de esta reordenan por completo lo que esperaba de sí misma. Una novela sobre la reconstrucción íntima, el deseo que llega sin avisar y los secretos que uno cree haber dejado atrás.
Hay un instante en la vida de Lisa que se repite sin descanso, siempre igual, siempre acompañado de la misma pregunta sin respuesta: ¿por qué yo no? Durante meses, ese instante la mantiene recluida en una casa frente al mar de Cambrils, viendo salir y entrar los barcos de pesca desde el sofá, contando atardeceres de invierno con la precisión de quien ya no espera nada. Se ha apartado de todo, incluso de Clara, su hermana, la persona que siempre supo leerle la cara con solo mirarla.
El cambio no llega por una revelación, sino por una escena trivial: una chica agotada que le grita a su novio que no puede dar un paso más. Lisa entiende entonces que la deriva solo puede detenerla ella. Empieza a correr sin que se le dé bien, seis minutos el primer día, y a partir de ahí construye una disciplina modesta y tozuda —el reloj, la lista de reproducción para cada estado de ánimo, la cocina como entretenimiento añadido— que le devuelve un cuerpo con el que puede volver a reconocerse en el espejo.
Con cuatro cartas de recomendación sobre la mesa y la bendición ambigua de su jefa Virginia —«ve donde quieras, pero vuelve»—, Lisa elige París. Una parada en Lyon con su tía Adèle, emigrada en plena dictadura y convertida en una mujer irónica y libre, le sirve de antesala: allí aprende que su ropa es demasiado mediterránea y que el frío del norte no se negocia. Después llega el apartamento del Distrito 9, en un edificio de casi cien años con escalones gastados, techos altos, ventanales de dos metros y un suelo de madera que cruje. Y llega también Mme Bondue, la anciana del entresuelo que cultiva un pequeño jardín en el rellano, va directa al grano y le explica dónde comprar la carne, qué día es el mercado y a qué edificio de las Galerías Lafayette hay que ir para encontrar ropa de cama.
La novela avanza por los gestos pequeños de una vida que se rehace: el pedido diario que Elyse le prepara en la pastelería Croissette, las llamadas negociadas con Clara —tres por semana, ni una menos—, la fregona que no existe en los supermercados franceses, el Louvre convertido en refugio donde el tiempo y el miedo pierden peso a la vez. Y entonces aparece Monique, la nieta de Mme Bondue, muy lejos de la imagen que Lisa se había hecho de ella: una mujer luminosa y exuberante con la que iniciará una relación intensa que la obliga a replantearse su propia sexualidad.
Pero los recuerdos que Lisa creyó dejar bajo dos vueltas de llave insistieron en viajar con ella. Lo que calla —a Clara, a sus amigas, a la mujer que empieza a quererla— es exactamente aquello que condiciona su presente y amenaza su futuro. Entre la fidelidad y la traición, la amistad y el deseo, la memoria de una madre que trabajaba de sol a sol y el peso de un duelo que no termina, la historia se pregunta si es posible construir una vida nueva sin ajustar cuentas con la anterior.
La música atraviesa el relato como un personaje más: no adorna las escenas, las nombra. Cada canción marca un vínculo, un cambio de rumbo o una coincidencia demasiado exacta para ser casual, y sirve de hilo —ese hilo que todo lo cose— entre personas que no sabían que iban a encontrarse.
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