En la frontera del Rin, en 1740, un jinete sin rostro caza niños por los bosques del Kaiserstuhl mientras un conde recluido despierta con sangre en sus botas y sin memoria de la noche.
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En la frontera del Rin, en 1740, un jinete sin rostro caza niños por los bosques del Kaiserstuhl mientras un conde recluido despierta con sangre en sus botas y sin memoria de la noche. La investigación que se abre en Friburgo destapará algo mucho más antiguo y más organizado que un asesino solitario.
Otoño de 1740. Entre las ruinas de un castillo llamado Teufelburg, dos hermanos vagabundos acampan sin saber que han elegido el peor lugar posible. Esa misma noche, la leyenda que los campesinos de Bresgau susurran a sus hijos para que no salgan de casa toma cuerpo: un caballero de negro, montado sobre un animal al que llama Salomon, elige su presa, la persigue por el laberinto de muros derruidos y la degüella sobre el altar de una capilla abandonada, invocando a un maestro con muchos nombres.
A pocos kilómetros de allí, en el torreón de Burg Sponeck que vigila el Rin, el conde Leopold Eberhardt despierta entre botellas vacías y la certeza de haber salido durante la noche. Sus botas están enlodadas, su levita de caza cuelga de la puerta, y en el suelo hay un puñal con sangre apenas seca. No recuerda nada. Cuando un mensajero llega desde Friburgo con la noticia de un nuevo cadáver, el conde no baja: envía en su lugar a su intendente, Kaspar, con una orden que suena más a súplica que a encargo —encontrar al Cazador Negro y matarlo como a un perro, porque en ello le va el alma.
Kaspar cruza fronteras que se han vuelto peligrosas. Austria anterior, Baviera, guarniciones que ya huelen la guerra que se avecina tras la muerte de los viejos monarcas; oficiales que confiesan su miedo a repetir el siglo pasado; campesinos empobrecidos que se agolpan ante las puertas de Friburgo exigiendo justicia para hijos que nadie ha buscado. Cinco muertos en tres años, sin contar los desaparecidos: niños, zíngaros, vagabundos, gente cuya ausencia no incomoda a nadie con poder. En la sala de anatomía de la universidad jesuita, el decano de Medicina abre el cuerpo del joven Gerhard Jakobus y demuestra lo que nadie quería admitir: los cascos que le destrozaron el cráneo se apoyaron un instante, guiados. No fue un accidente.
Y hay algo más. Una carta sellada con un león de oro sobre campo de sable ha viajado hasta la orilla del Rin. La firma un tal Jabín de Chanaán, habla de “nuestros queridos Cananeos”, de alianzas que se deshacen y de un continente a punto de desperezarse aun a costa de derribar todo lo que llamamos civilización. Anuncia también una reunión discreta entre viejos muros y una cacería en el bosque del Kaiserstuhl, donde las presas son “puras y conmovedoras”. El castillo del conde se prepara para recibir invitados.
Novela histórica de atmósfera densa y ritmo de cacería, esta obra entrelaza el thriller criminal con el retrato minucioso de una Europa en vísperas de estallar. Bosques de volcanes apagados, ninfas del Rin, milicias inútiles, disecciones al amanecer y una conspiración que usa la superstición popular como cortina de humo: el lector avanza sabiendo, desde la primera página, que lo verdaderamente monstruoso no cabalga solo.