Federico II de Hohenstaufen toma la pluma para escribir lo que ningún documento de cancillería registra: el cuerpo que envejece, las dudas que no puede confesar y la curiosidad que lo empuja a interrogar aves, astros y hombres.
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Federico II de Hohenstaufen toma la pluma para escribir lo que ningún documento de cancillería registra: el cuerpo que envejece, las dudas que no puede confesar y la curiosidad que lo empuja a interrogar aves, astros y hombres. En esta novela de Horst Stern, el emperador redacta unos papeles privados donde conviven la halconería, la disputa con el papado, la memoria de su madre y la certeza de que la historia escrita jamás podrá alcanzarlo.
Un emperador se sienta a escribir y decide, desde la primera línea, que nadie le creerá. Federico —el mismo que las cancillerías anuncian con una larga fórmula latina que él soporta mal— abre estos papeles con una advertencia irónica: si sobreviven a los siglos, los historiadores los declararán apócrifos, porque el hombre que asoma en ellos no coincide con el clavo dorado o de cobre que cada bando ha fijado en su pared.
Lo que sigue es, precisamente, ese hombre. El relato avanza por fragmentos breves y titulados, más cuaderno que crónica: una cacería en la que un halcón derriba a un águila joven y obliga al soberano a dictar una sentencia que el observador de la naturaleza encuentra ridícula; el reflejo del rostro en el agua de la tina, donde las mejillas ceden al propio peso y la edad se deja ver; la fiebre de Otranto y la excomunión que le llega mientras su médico servidor lo lava con agua de vinagre; la mañana de Palermo en que un niño de cuatro años descubre, junto a su madre dormida, el significado de la desnudez.
Junto a esas escenas corre una segunda línea, igual de insistente: la del hombre que quiere saber. Federico hace incubar un huevo bajo el brazo de una tejedora sarracena y observa cómo el ansarino sigue después a quien vio primero; discute con Aristóteles, Avicena y Averroes como si fueran contemporáneos; deja que un clérigo recoja semen de toro sobre un andamio digno de Dédalo para poner a prueba una teoría; niega que el alma viaje en la simiente y prefiere explicar por la crianza a sus hijos leales y a los que quisieron su perdición. Y discute con Dios, o más bien con el Dios reducido a punto final de un dogma, que ahorra a la Iglesia la inquietud propia de la ciencia.
Stern construye así un monólogo denso y sensual, hecho de digresiones sobre dietas y varices, política matrimonial y astrología, Apulia y el octágono sin cocina que se levanta junto a Andria. El resultado no es una biografía ilustre sino su reverso: el retrato de una inteligencia moderna atrapada en un cargo medieval, que sabe que la posteridad se quedará con el esqueleto y escribe para dejar constancia de la carne.
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