Un domingo de junio, Cirilo Matamoros, pequeño abacero y curandero del caserío de Chacao, es sorprendido por un requerimiento urgente de Caracas. Don Camilo Irurtia, un prestamista de legendaria avaricia, lo solicita con premura.
Descargar
Un domingo de junio, Cirilo Matamoros, pequeño abacero y curandero del caserío de Chacao, es sorprendido por un requerimiento urgente de Caracas. Don Camilo Irurtia, un prestamista de legendaria avaricia, lo solicita con premura. Pero al arribar a la casa del capitalista, Cirilo descubre que no es Irurtia quien enferma sino Tomasa, su vieja sirvienta, aquejada de reumatismo. En el breve encuentro entre los mundos del campo y la ciudad, entre la ambición que Cirilo imaginaba y la realidad de la pobreza ajena, emerge un retrato mordaz de la sociedad criolla.
La novela se abre en una ciudad colonial que goza de tranquilidad dominguera. Las calles bullentes de paseantes, las casas pintadas de colores desiguales, el sol de mediodía que reverbera en los techos rojos: todo respira una paz provinciana que está a punto de ser alterada. En el término de la avenida principal, Cirilo Matamoros, un pequeño curandero mestizo de facciones humildes pero con fama de sanador, desemboca hacia la ciudad a caballo, convocado a Caracas en una misión que considera glorificante.
Cirilo es un hombre de contradicciones evidentes: su aspecto truculento y fosco esconde un corazón generoso; su silencio habitual se quiebra cuando habla de sus plantas y remedios; su pobreza no lo empobrece moralmente. Es abacero y curandero, vive de su pulpería pero practica la medicina por vocación, regalando muchas veces sus medicinas a los pobres. Su reputación lo precede en leguas a la redonda, y el hecho de que lo llamen desde la capital es para él motivo de orgullo apenas disimulado.
Don Camilo Irurtia representa el otro polo: es un capitalista cuya fortuna se ha forjado en la usura, el préstamo al cincuenta por ciento, la compra y venta de casas. Vive de forma ascética, casi miserable, pese a su riqueza; su hogar es un laberinto de habitaciones abarrotadas de objetos empeñados, de deudas registradas, de reliquias de transacciones. Su avaricia es tan proverbial que los mismos ciudadanos hablan de él como de un Harpagón, un hombre incapaz de soltar ni un céntimo.
Lo que parecería ser un encuentro de importancia se desmorona apenas Cirilo cruza el umbral de aquella casa gris y descascarada. El enfermo no es Irurtia, sino Tomasa, una vieja sirvienta amarillenta y reumática que el prestamista heredó de su propia madre. Tomasa ha vivido siempre al servicio de Camilo, primero en un cuarto único separado por una cortina, compartiendo la miseria de los comienzos, admirando la ascensión de su amo hacia la riqueza. Ahora, en su vejez, postrada en un catre sin sábanas, cubierta por una manta raída, sufre dolores en los huesos que la inmovilizan.
En este giro narrativo se concentra la ironía que vertebra la obra: la falsedad de las expectativas, el choque entre la ambición del mundo rural y la realidad de la ciudad, entre la supuesta importancia de servir a un ricacho y la verdadera necesidad de una mujer olvidada. El curandero debe renunciar a sus ilusiones de gloria capitalina y enfrentarse a su verdadera vocación: la de aliviar el dolor de los pobres, los olvidados, los que el dinero ha pasado por alto.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.