Elodie Swann hereda un valle virgen en la costa de Cornualles y, con él, una deuda fiscal que no puede pagar. Cuando un calambre estuvo a punto de ahogarla, quien la sacó del agua resultó ser Neil Munroe, el promotor inmobiliario cuyas…
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Elodie Swann hereda un valle virgen en la costa de Cornualles y, con él, una deuda fiscal que no puede pagar. Cuando un calambre estuvo a punto de ahogarla, quien la sacó del agua resultó ser Neil Munroe, el promotor inmobiliario cuyas cartas atormentaron a su abuela en los últimos meses de vida y que ahora posee todas las tierras que rodean las suyas. Él le ofrece una salida a la ruina; ella sospecha que el precio es exactamente aquello que juró no vender, y que la atracción que la desarma forma parte de la negociación.
La novela se abre con una playa privada, una mujer sola y un mar que deja de ser refugio. Elodie Swann nada para agotar el cuerpo y silenciar la cabeza: acaba de enterrar a su abuela, ha heredado el último trozo salvaje de un valle de Cornualles que el turismo no ha devorado, y con la herencia han llegado unos impuestos que sus ahorros ya no cubren. El fideicomiso que le corresponde tardará dos años en abrirse. El trabajo en la taberna del pueblo se acaba con la temporada. Un calambre en la pantorrilla convierte ese cálculo angustioso en una emergencia física, y el rescate —brutal, eficaz, humillante— la deja en la arena a merced de un desconocido que le da masaje en la pierna y le habla como si supiera exactamente quién es.
Lo sabe. Es Neil Munroe, el nombre impreso en el membrete de las cartas que, según Elodie, empujaron a su abuela hacia la muerte. Su empresa ha comprado cada parcela a ambos lados del valle, de la carretera a la playa: la tiene cercada. Y trae una carta más, una que ni el abogado de confianza de Elodie le había mencionado: un derecho de paso que atraviesa sus tierras hasta la arena, la prueba de que la soledad que creía intocable nunca fue del todo suya.
El relato se sostiene sobre esa doble tensión. Por un lado, la partida de intereses: un promotor acostumbrado a obtener lo que quiere, tarde o temprano, frente a una mujer que prefiere trabajar dieciocho horas diarias antes que firmar. Por otro, la incomodidad de una atracción que Elodie vive como traición a sí misma —al recuerdo de su abuela, a su juicio, a su necesidad de mantener la guardia alta. Munroe no la trata con condescendencia, y ahí radica su peligro: la escucha como a una igual, admira su temple, se interesa por los dragones de cristal que ella fabrica en secreto y vende por unas libras, sin sospechar que uno de ellos ya adorna la casa londinense del hombre que quiere comprarle el suelo bajo los pies.
El conflicto no admite solución limpia. Si él dice quererla, ¿cómo distinguir el afecto de la estrategia cuando ambos apuntan al mismo terreno? Si ella cede, ¿estará vendiendo el valle o comprándose una respuesta? Alrededor orbitan Steven, el asesor legal cuyos silencios empiezan a pesar, y la memoria de Hannah Swann, la anciana obstinada que defendió el valle hasta el final. Novela contemporánea de tensión romántica ambientada en la Cornualles de los años noventa, construye su suspense menos sobre lo que ocurrirá con la propiedad que sobre lo que Elodie será capaz de creer.
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