En una isla danesa del siglo XVI, un joven deforme se convierte en discípulo y testigo del astrónomo Tycho Brahe, y décadas después escribe desde las ruinas del observatorio la crónica de un esplendor perdido y de una época en que el…
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En una isla danesa del siglo XVI, un joven deforme se convierte en discípulo y testigo del astrónomo Tycho Brahe, y décadas después escribe desde las ruinas del observatorio la crónica de un esplendor perdido y de una época en que el hombre dejó de ser el centro del universo.
La voz que abre esta novela escribe a la luz de una vela, en el sótano de una casa saqueada donde los hornos ya están fríos y el viento entra por las grietas. Es la de Jep, un enano jorobado nacido en la isla de Hven, hijo de una sierva agotada y de un padre soldado al que solo conoció en un sueño. A los catorce años, en un invierno de nieve hasta la ingle, le llevó un plato de sopa fría al noble que acababa de desembarcar: un hombre que observaba el cielo con la ventana abierta en la habitación más templada de la casa y que, al girarse, se colocó sobre la cicatriz del rostro una nariz de metal dorado. Dos deformidades distintas se reconocieron al instante.
Aquel hombre era Tycho Brahe, a quien el rey Federico II acababa de entregar la isla entera para retenerlo en Dinamarca y financiarle una morada digna de su linaje y de sus ambiciones. Con la llegada de las barcas cargadas de madera, la vida inmemorial de los colonos —el círculo de piedras donde se reunía la asamblea, las tierras cultivadas en común, la iglesia de Sankt Ibb— quedó partida en dos. En el centro de la isla se levantó Uraniborg, y en torno a ella un pequeño mundo de maestros de lectura y de alquimia, pintores, fontaneros, hermanas y discípulos. Tycho vio en el muchacho al que todos llamaban monstruo una inteligencia extraordinaria, lo acogió en su casa y lo hizo uno de los suyos: latín, instrumentos, mediciones, noches enteras midiendo la distancia entre la Luna y una estrella errante.
La novela avanza en dos tiempos que se trenzan. Uno es el relato del testigo, envejecido y casi ciego, que escribe contra el reloj mientras los nuevos dueños demuelen el ala norte para construir su propia casa y lo acusan de brujería. El otro son estampas en presente —un mensajero real que llega al alba, un claro del bosque en noviembre, una hija de pastor llamada Kirsten a la que un joven noble habla de una estrella recién aparecida en un cielo que Aristóteles había declarado inmutable— que reconstruyen la vida de Tycho desde fuera, como visiones. De ese cruce nace el retrato de una época: la revolución copernicana no como fecha, sino como el vértigo de descubrir que los cielos cambian y que el hombre se ha quedado sin centro.
La muerte de Federico II acaba con la protección, y con ella con el sueño. Tycho debe abandonar la isla y errar por el norte de Europa buscando un nuevo mecenas, hasta recalar en Bohemia y encontrarse con Kepler poco antes de morir de forma oscura; el tesoro de observaciones celestes que había reunido pasará a otras manos y se convertirá en el cimiento de la astronomía moderna. Lo que queda en Hven es un cascarón vacío y un hombre deforme que escribe para no dejar cabos sueltos. Basada en personajes históricos, la novela de Francesco Ongaro es a la vez crónica científica, retrato de un mecenazgo y meditación sobre la memoria, el desprecio y las huellas que el tiempo se encarga de borrar.
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