Leemet es el último hombre que conoce el idioma de las serpientes, esa lengua antigua que doblegaba a alces y lobos y sostenía la vida en el bosque.
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Leemet es el último hombre que conoce el idioma de las serpientes, esa lengua antigua que doblegaba a alces y lobos y sostenía la vida en el bosque. Ahora recorre una espesura casi vacía mientras la aldea, el pan, la hoz y los hombres de hierro seducen a quienes se marcharon. Entre el entierro de un anciano que vigilaba el mar, un anillo entregado sin explicación y la leyenda de un ser dormido que nadie logra despertar, la novela narra el fin de un mundo contado por quien lo sobrevive.
Un hombre solo habla desde el fondo de un bosque que se ha quedado sin voces. Baja a la fuente una vez por semana, cuida a un compañero cuyo cuerpo lava con paciencia y comprueba, cada vez que silba, que las bestias ya no entienden lo que dice: las palabras que antes eran ley ahora las revientan de terror. Solo un alce viejo recuerda el gesto de arrodillarse y ofrecer el cuello, y ese reconocimiento le basta al narrador para dejarlo marchar y medir, en ese instante, todo lo que se ha perdido.
Desde ese presente devastado, el relato retrocede hasta la infancia. Empieza con el entierro de un anciano junto al mar, un hombre que durante años encendió hogueras de aviso ante los barcos extranjeros esperando despertar a una criatura alada y dormida que, según se cuenta, protegía la costa y hacía ricos y temidos a sus habitantes. Para llamarla harían falta diez mil hombres; ya no quedan ni diez. En esa ceremonia, entre un druida que alarga los conjuros, un vecino aferrado al rito y un tío que explica el mundo sin adornarlo, el niño recibe de un desconocido tumbado en la arena un anillo guardado en una bolsa de piel: un objeto «necesario», sin más explicación.
Después llega la historia familiar. Un padre deslumbrado por lo nuevo —la aldea, el centeno, la hoz, el molinillo, las gachas, la lengua de los recién llegados— arrastra a los suyos fuera del bosque y va olvidando, por el camino, las palabras que habrían podido salvarle la vida. La madre regresa a la espesura con sus dos hijos, y allí crece el narrador entre chozas que se hunden bajo la hojarasca, lobos que dan leche, ancianos que conversan con culebras y un culto que exige sangre a cambio de permiso para bañarse en el río.
El libro avanza así, con humor seco y crueldad tranquila, entre dos fanatismos simétricos: el de quienes imitan al forastero para sentirse modernos y el de quienes momifican la tradición hasta vaciarla de sentido. En medio queda un saber real, útil y agonizante, y un niño que será el último en poseerlo.
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