Un joven periodista de diecinueve años conoce a Enrique Jardiel Poncela en el café Gijón de 1948 y, cuatro años después, frente a su cuerpo envuelto en una bandera comprada para morir acompañado, se niega a aceptar la versión oficial de su…
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Un joven periodista de diecinueve años conoce a Enrique Jardiel Poncela en el café Gijón de 1948 y, cuatro años después, frente a su cuerpo envuelto en una bandera comprada para morir acompañado, se niega a aceptar la versión oficial de su final. Bajo la forma de una investigación criminal —con sospechosos, coartadas y un culpable que también murió aquella mañana—, este libro reconstruye los últimos años del dramaturgo y desmonta la leyenda de un genio derrotado por la crítica.
El 18 de febrero de 1952 muere en un ático de la calle de las Infantas un hombre diminuto, insolvente y envuelto en una bandera que él mismo se había empeñado en comprar un año antes, para que la muerte no lo cogiera «a traición». Quien lo vela aquella mañana fría no siente la pena ritual de los duelos, sino rabia: la certeza de que aquello no fue una rendición, sino un lento homicidio inducido, y de que el culpable estuvo siempre a la vista de los pocos que quedaban cerca.
De esa intuición nace un relato que adopta deliberadamente la forma que su protagonista amó: la del enigma con sospechosos. El narrador, testigo directo de la última etapa del escritor, va descartando culpables uno a uno. Descarta a Álvarez, el ambulante de Correos que subía a dar el pésame a viudas desconocidas y anunciaba que el muerto se había movido, humorista de hechos y no de palabras, cuya única ambición era que su amigo lo llevara alguna vez a un escenario. Descarta a toda una generación de jóvenes que se movía entre librerías clandestinas, teatros universitarios y clases fumadas: nombres que después serían célebres y que entonces admiraban al maestro más de lo que se ha querido contar. Descarta incluso la explicación cómoda —la crítica feroz, el fracaso de taquilla, el pateo organizado desde la propia claque—, porque quien encajaba los desastres con una broma y guardaba un arsenal de comedias por escribir no se deja morir por un estreno.
Entre los descartes se abre paso el retrato: la mesa cóncava con tijeras, pegamentos y tintas de colores; las deudas irrisorias que humillaban más que los abucheos; el Ford aparcado como testigo de mejores tiempos; la tarde compartida con César González Ruano, cuando la confesión de la ruina llega en voz baja, como una travesura. Y una frase escrita en lo alto de las paredes de su propia casa que resume el humor de quien había hecho de la verdad su método: a lo peor también se acostumbra uno.
Un testimonio de primera mano, escrito con la libertad del que estuvo allí, sobre el precio de la originalidad en un Madrid de cafés, censura y penurias, y sobre un escritor al que se enterró dos veces: una en 1952 y otra en la leyenda.
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