En una tarde de cosecha, mientras el narrador ayuda al viñador de su infancia, presencia un combate extraño: la pareja enfrenta lo que parece un murciélago, pero que el viñador nombra como Betina Cherrén, una criatura de los infiernos.
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En una tarde de cosecha, mientras el narrador ayuda al viñador de su infancia, presencia un combate extraño: la pareja enfrenta lo que parece un murciélago, pero que el viñador nombra como Betina Cherrén, una criatura de los infiernos. Esa noche, durante la cena, la voz del viñador narra historias ancestrales con tal intensidad que la realidad se disuelve, los nombres antiguos cobran vida y la razón del joven narrador se pierde entre palabras que pesan como el plomo.
Cuando el sol alcanza su cenit en una tarde de octubre, un grupo de vendimiadores se reúne junto a la chabola del viñedo. Entre ellos está el narrador, un joven de curiosidad insaciable que cada año ocupa el lugar de su padre difunto en este rito de cosecha.
El viñador y su mujer sirven una comida simple. Pero todo cambia cuando un zumbido de abejas en las zarzas cercanas despierta una inquietud profunda en el viñador. Lo que sigue es desconcertante: la pareja examina obsesivamente la chabola, buscando algo entre grietas y rendijas, hasta que señalan una protuberancia viscosa en una esquina. Cuando el viñador se dispone a destruirla, su mujer lo detiene con una sugerencia extraña: ‘Es mejor combatir el fuego con fuego’.
Regresa entonces con alcohol y esparto, improvisa una antorcha y quema la protuberancia con saña. Se escucha un aullido penetrante. Lo que vuela no es completamente claro, pero el enjambre desaparece en la noche. El viñador anuncia sin dudas: ‘Era Betina Cherrén, al frente de un tropel de diablos’. Los vendimiadores más ancianos se santiguan. El narrador, que ha visto un murciélago de proporciones respetables, guarda su escepticismo para sí.
Al caer la tarde, el viñador invita al joven a cenar. Esa noche, bajo la luz de una luna llena que parece contemplarlos desde la ventana de la cocina, la realidad comienza a torcerse. El viñador, mientras comparten bacalao y un vino envejecido, inicia un relato que no es ordinario. Desgrana nombres de sonoridad extraña—Betina Cherrén, Milia, Aquilimarro, Salvatore—y su voz se vuelve hipnótica, pesada como el plomo, envolvente.
El narrador siente cómo la tierra pierde firmeza bajo sus pies, cómo la luna misma oscila en el cielo. Las palabras del viñador lo envuelven en un hechizo del que no puede escapar. La conciencia se nubla, la respiración falla, el sudor corre por su piel. Finalmente se desvanece.
Cuando recobra la conciencia, reconoce el olor a mosto del lagar. La mujer lo ha tendido en una cama. Sabe que fue el vino lo que lo embriagó, pero comprende también que fueron las palabras del viñador—sus historias de épocas remotas narradas con urgencia de quien relata algo que sucede en ese instante—las que verdaderamente lo han hecho caer.
Así comienza una obra donde la frontera entre lo racional y lo sobrenatural se disuelve, donde la voz del narrador oral posee un poder capaz de transformar la realidad, y donde nombres antiguos guardados en la memoria colectiva tienen la fuerza de quien los pronuncia.
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