Wilson Hitchings, heredero de una dinastía comercial estadounidense, llega a Shanghai para aprender los negocios familiares. En la oficina del Bund, entre vapores occidentales y viejos juncos chinos, descubre que su apellido abre puertas y…
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Wilson Hitchings, heredero de una dinastía comercial estadounidense, llega a Shanghai para aprender los negocios familiares. En la oficina del Bund, entre vapores occidentales y viejos juncos chinos, descubre que su apellido abre puertas y genera expectativas. Su tío Guillermo le enseña que en Oriente, la apariencia importa tanto como las ganancias, y que detrás de las conversaciones triviales se esconden verdaderas intenciones. Cuando aparece el cortés señor Moto, Wilson comienza a intuir las complejidades políticas y comerciales que tejerán su destino en una ciudad donde tradición y modernidad colisionan.
Shanghai, años treinta. Wilson Hitchings desembarca en una ciudad que pertenece tanto a Occidente como a Oriente, donde los negocios y la intriga política son inseparables. Como heredero de la casa Hitchings Hermanos, una de las más antiguas casas comerciales estadounidenses en China, carga con el peso invisible de una tradición que se remonta generaciones. Su placa de bronce brilla cada mañana en el Bund, junto a las de Jardine Matheson, testimonio de un linaje empresarial que ha navegado por las aguas turbulentas de la historia oriental.
En sus primeros meses, Wilson aprende una lección crucial: su nombre le precede. Desconocidos le saludan como si lo conocieran de toda la vida, coolies y policías sikhs lo reconocen en las calles, las matronas de la Concesión Británica le sonríen con familiaridad. Sin embargo, esa cercanía es ilusoria. Su tío Guillermo, quien lo acoge en la oficina con paciencia estoica, le inculca el verdadero código de Oriente: mantener una cara inescrutable, nunca revelar conocimiento del idioma local, celebrar las apariencias mientras se desatienden los caos políticos que hierven alrededor.
Desde las ventanas de la oficina se despliega un espectáculo desgarrador: barcos de guerra y transatlánticos modernos comparten el río Wangpu con viejos juncos de velas morenas; automóviles de lujo avanzan junto a hombres desnudos que tiran de enormes cargas. Es la China en transformación, rica y miserable, brutal y cautivadora, una contradicción que resulta más fácil aceptar que comprender.
Cuando aparece el señor Moto, un japonés menudo y cortés que sonríe mostrando dientes de oro, la inocencia de Wilson comienza a resquebrajarse. La visita parece trivial, cargada de expresiones de cortesía y conversación sin sustancia, pero su tío le revela la verdad: nada en Oriente es lo que parece. Las preguntas aparentemente ingénuas del japonés contienen advertencias cifradas, sus sonrisas ocultan verdaderas intenciones. El señor Moto es, probablemente, un agente del gobierno indagando sobre un antiguo cliente, quien causa problemas en Manchuria.
Wilson se ve obligado a reconocer su propia ignorancia ante los estratagemas de un mundo donde la política, el comercio y la supervivencia se entrelazan sin remedio. En una ciudad donde nadie tiene vida privada y cada acto es observado, comienza su aprendizaje real: no sobre números o transacciones, sino sobre las reglas tácitas que gobiernan a quienes desean prosperar en las sombras de Shanghai.
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