Un ensayo político del siglo XIX que parte de una advertencia: el aumento de libertad en la teoría puede ir acompañado de su retroceso en los hechos.
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Un ensayo político del siglo XIX que parte de una advertencia: el aumento de libertad en la teoría puede ir acompañado de su retroceso en los hechos. A partir de la historia parlamentaria británica, el autor rastrea el origen de liberales y conservadores en dos modos de cooperación —la obligatoria y la voluntaria— y sostiene que el liberalismo de su tiempo, al perseguir el bien público por vía de la coacción, ha invertido el método que lo hizo triunfar.
El volumen reúne cuatro ensayos precedidos de un prefacio en el que el autor recuerda un artículo suyo de 1860 sobre la reforma parlamentaria y comprueba, dos décadas más tarde, que sus pronósticos se cumplieron: las reglamentaciones se multiplicaron, las cargas públicas crecieron y la esfera de acción libre del ciudadano se estrechó por dos caminos simultáneos, el mandato y el impuesto.
El primer ensayo, «El nuevo conservadurismo», desarrolla una paradoja: buena parte de quienes se llaman liberales son conservadores de nuevo cuño. Para probarlo, el texto retrocede más allá de los nombres de los partidos y los remite a dos tipos de organización social, el militar y el industrial, que el autor traduce como cooperación obligatoria y cooperación voluntaria: el ejército de reclutas frente al cuerpo de productores que pacta servicios y recompensas y puede retirarse a voluntad. Sobre ese eje reordena la historia inglesa: la resistencia a Carlos II, el Habeas Corpus, la independencia de los jueces y el Bill de Derechos; más tarde, la libertad de asociación de los artesanos, la abolición de la trata, el fin del monopolio de las Indias Orientales y la supresión de la censura. Todas esas medidas, sostiene, comparten un rasgo que se ha olvidado: reducen el mando y amplían el margen de decisión individual.
De ahí surge la pregunta central: ¿cómo llegó el liberalismo a legislar de manera cada vez más coercitiva? La respuesta que ofrece el autor es de orden intelectual: se clasificó mal. Igual que la mirada rudimentaria agrupa ballenas y mariscos con los peces por semejanzas externas, el juicio político confundió el fin visible de las viejas reformas —el bienestar popular— con su método, que consistía en quitar restricciones. Al perseguir ese bienestar de modo directo, se adoptaron medios opuestos a los originales.
La demostración es un inventario: actas británicas entre 1860 y 1883 sobre fábricas, minas, panaderías, vacunación, escuelas, licencias, marina mercante o bibliotecas, seguidas de las propuestas entonces en discusión. El autor aclara que no discute los motivos filantrópicos ni el acierto de cada norma, sino su naturaleza coactiva. Cierra respondiendo a la objeción previsible: que un poder representativo no oprime. Para él, la libertad se mide por las restricciones que pesan sobre el ciudadano, no por el mecanismo que las dicta.
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