"La caza de mariposas" abre esta colección: un espacio donde solo quedan fragmentos de alas, terciopelos de color, mosaicos de nácar. Alberto Amaro construye un poemario donde la naturaleza, el amor, la pobreza y la guerra convergen en…
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"La caza de mariposas" abre esta colección: un espacio donde solo quedan fragmentos de alas, terciopelos de color, mosaicos de nácar. Alberto Amaro construye un poemario donde la naturaleza, el amor, la pobreza y la guerra convergen en imágenes densas y melancólicas. Desde las mariposas enlazadas hasta los territorios arrasados por la violencia, pasando por la intimidad de pensiones deterioradas y ciudades sin inocencia, estas composiciones revelan un mundo donde la belleza persiste entre las ruinas y el desamparo persigue cada esperanza.
“El instinto de las amapolas” reúne poemas escritos con una densidad lírica que se resiste a la facilidad. El libro comienza en un espacio donde la negación precede a la aceptación: se negaron agendas y dibujos, se negó casi todo, solo quedó la caza de mariposas. En esa paradoja se asienta toda la obra: en lo rechazado habita una belleza feroz, en lo ausente persiste una presencia inquietante.
Los primeros poemas exploran la mariposa como objeto de obsesión. No es un símbolo pulido sino una acumulación de fragmentos: alas de terciopelo, mosaicos de nácar, perlas olvidadas sobre baldosas abandonadas. Estas imágenes concretas transportan al lector a espacios degradados: galerías vacías, almacenes en penumbra, arrabales lejanos. La naturaleza en estos versos no es primordial sino rescatada, siempre mediada por la ruina humana.
A medida que avanza la lectura, emergen nuevas obsesiones. “Ocho tambores” es una secuencia brutal que confronta la guerra, la hambruna y la muerte sin distancia ni piedad. Un niño hurga entre preguntas olvidadas durante un éxodo. Una niña llamada Fátima nunca prueba la infancia. La noche se llena de hombres, de pólvora, de ruido metálico. Estos poemas no condenan la guerra de manera abstracta: la viven desde la pulpa del sufrimiento cotidiano.
Amaro no abandona estas honduras oscuras sin antes rozar lo íntimo. Hay poemas donde la ausencia de una persona se convierte en temperatura, en geografía interior. Hay versos dedicados a los pobres, a quienes portan un agujero que hierve con frío, una herida que destila jugos verdes para consuelo de gastos. La solidaridad en este libro no es sentimentalismo: es reconocimiento de la dignidad en lo abyecto.
Sarajevo, ese “cuando cesó la guerra la tristeza se convirtió en una mirada”, concentra la reflexión más madura del poemario. Aquí, la violencia ya no es contemporánea sino memoria encarnada, herida que permanece abierta. Las ciudades sin inocencia, el comercio de cadáveres, la imposibilidad de las respuestas: todo converge en una elegía que no ofrece consuelo sino una forma de mirar lo irremediable.
El último tramo del libro incluye canciones de cuna sobre campamentos de refugiados, pensiones de nómadas, ciudades donde la traición tiene tienda abierta. La voz poética persiste en estos umbrales, registrando lo que otros apartan la vista: la prostitución de la esperanza, la mecanización del dolor, el instinto de sobrevivencia en lo extremo.
“El instinto de las amapolas” no pretende catarsis. Propone en cambio una mirada sin concesiones donde la belleza y el horror conviven en cada imagen, donde el lenguaje se tuerce para capturar lo que no tiene nombre: el precio de estar vivo en un mundo que mata.
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