Un ensayo que sitúa el origen de la comunicación en la aparición del sexo y sigue su rastro hasta el lenguaje, el arte y las tecnologías actuales.
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Un ensayo que sitúa el origen de la comunicación en la aparición del sexo y sigue su rastro hasta el lenguaje, el arte y las tecnologías actuales. Con mirada cognitiva, neuronal y evolucionista, el autor propone que existe un instinto de seducción inscrito en nuestra arquitectura mental: la fuerza que empujó a nuestros ancestros a exhibirse, ser preferidos y, de paso, inventar la música, los relatos, el humor y la ciencia. También una guía práctica para entender por qué se rompen las relaciones.
La tesis de partida es tan simple como provocadora: la mayor inversión que la naturaleza ha hecho en su larga historia fue la inversión en comunicación, y el detonante de esa explosión —el verdadero Big Bang de los signos— fue la diferenciación sexual. Desde que existe el sexo, hace unos mil millones de años, machos y hembras han hecho lo imposible por hacerse los encontradizos; y no sólo por contactar, sino por ser elegidos. De ahí que la competencia comunicativa se convirtiera en un mecanismo de selección natural y que hoy podamos vernos como los últimos descendientes de una larga cadena de comunicaciones eficaces.
El recorrido avanza desde los olores, colores y movimientos de las primeras formas de vida hasta ese cerebro planetario de redes en el que cada uno de nosotros es una neurona. Un capítulo central reivindica la cara oculta de la comunicación: el arqueo de cejas, la inflexión de la voz, la dilatación de las pupilas, el rubor, el silencio. Frente a un pensamiento occidental que —de Platón a Wittgenstein— privilegió la razón y la palabra sobre el cuerpo, el libro sostiene que lo no verbal transporta las emociones, las actitudes y los reguladores de la interacción, a menudo por debajo del umbral de la conciencia.
De la mano de la ciencia cognitiva, la neurociencia, la genética y la psicología evolucionista, el autor reconstruye el proceso de hominización como una historia de seducción: el bipedismo y las manos libres, la reducción de los colmillos, la movilidad mandibular que reconfiguró el rostro para la expresividad, la ovulación oculta y la aparición de pechos y formas persistentes como nuevos signos en un espacio comunicativo vacante. De aquel rediseño de los cuerpos habría surgido también un cerebro preparado para el lenguaje, el humor, el arte de contar historias y la estética.
La última parte baja al terreno cotidiano. Si la comunicación construye relaciones, también aporta las causas de su derribo: los malentendidos —falsas premisas, imágenes distorsionadas del otro— crecen como setas en los vínculos más estrechos, y la entropía se cuela en forma de ruidos, recelos y prejuicios en parejas, familias y empresas. No hay recetas ni tratados aquí, sino una reflexión sobre el acierto y el desacierto comunicativo, y sobre por qué ninguna comunicación es neutral: siempre persigue objetivos, desde el niño que pide atención hasta el poder que tergiversa la información.
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